BASES NAVALES EN EL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL (1.500-1.936)


Manuel García Rivas
Teniente Coronel Médico de la Armada
Historiador.


             Por una feliz circunstancia mi participación en estas II Jornadas de Fortificaciones modernas y contemporáneas en el Mediterráneo occidental tiene lugar inmediatamente después de la celebración del Coloquio internacional que sobre la historia de las fortificaciones y las infraestructuras militares en Tullicia se ha celebrado en la capital de esta república norteafricana. Hablar de Túnez en esta ciudad es evocar las relaciones, permanentemente presentes, entre Cartago y esta Qart Hadashat, su hija predilecta. En ambas reuniones me correspondía abordar el tema de las bases navales y su papel en la defensa de los intereses estratégicos españoles en esta área.
             Es necesario, por lo tanto que hhga referencia -en primer lugar- al término "base naval" que, en cualquiera de nuestras enciclopedias, es definido como el "conjunto de instalaciones y equipos destinados a garantizar el funcionamiento de una flota, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra" (1). Por otra parte, en la doctrina tradicional se resaltaba que "ninguna fuerza puede manifestar su capacidad combativa sin el consiguiente despliegue en relación a su objetivo, y sin concentrarse y apoyarse en posiciones convenientemente pertrechadas para valorizar dicha capacidad" (2).
             Lógicamente las necesidades de las fuerzas navales han ido evolucionando a lo largo de la historia y, por consiguiente, lo ha hecho de forma paralela el concepto de "base naval", de manera que las instalaciones actualmente calificadas como tales, distan mucho por su complejidad de las que en el pasado merecieron esta denominación.
             El propio enunciado de este Congreso circunscribe nuestro estudio a un ámbito geográfico concreto, el Mediterráneo Occidental, a partir de una fecha especialmente significativa en la historia de España, cuando alcanzada la unidad de los reinos peninsulares y finalizada la conquista de Granada, el descubrimiento de América vino a incidir de una manera decisiva sobre los planteamientos estratégicos hasta entonces vigentes.
             Hasta ese momento, el Mediterráneo y, en concreto, el sector de este mar interior que se extiende entre Gibraltar y el canal de Sicilia había sido un espacio vital para nuestros intereses, entre otras razones porque a través de sus aguas discurrían las vías de comunicación entre la península ibérica y las distintas posesiones heredadas por nuestra monarquía de la antigua Corona de Aragón, cuya protección mediterránea constituyó, durante siglos, el eje de su política exterior. Va a seguir siéndolo a partir del siglo XVI porque la seguridad de estas rutas marítimas es indispensable para garantizar el envío de las tropas que, desde Italia, van a operar a los distintos escenarios europeos y porque, muy pronto, la violenta irrupción de las fuerzas navales del imperio turco en esta agua se convierte en una seria amenaza para nuestros intereses, agravada por los vínculos establecidos con los reinos norteafricanos cuyas actividades corsarias afectan no sólo al tráfico marítimo, sino a la propia seguridad de nuestras costas.
             Para atajar estos peligros, España contaba con una escuadra de galeras, cuya base de operaciones:radicaba en el Puerto de Santa María, que unida a las de Sicilia, Nápoles y a las asentadas con particulares, constituían una fuerza importante aunque, a juicio de muchos, insuficiente para hacer frente le una manera eficaz.
             La reina Isabel, en su testamento, había encarecido a sus sucesores la conquista del norte de áfrica como un intento de de proyectar la reconquista peninsular hacia el otro lado del estrecho, Este ideal de Cruzada, un tanto mesiánico, había encontrado en Cisneros su, paladín y en la conquista de Orán la expresión de sueño que, muy pronto, se reveló inviable, a pesar de que, durante unos años, España fue ocupando una serie de posiciones estratégicas que tuvieron su precedente en la toma de Melilla (1.497) y continuaron con las de Mazalquivir (1.505), Orán (1.509), Bugía (1.510) y Trípoli (1.510). La catástrofe de los Gelves, en ese mismo año, vino a cercenar una ofensiva planteada con una visión muy; alejada de una estrategia naval, como queda patente en un interesante documento dado a conocer por Jiménez de la Espada que los encontró entre la documentación del cardenal Cisneros y en el que, tras referirse a los problemas que planteaban las incursiones corsarias en las costas españolas, denunciaba que las galeras reales, encargadas de la vigilancia, van "de Gibraltar a Málaga y de Málaga a Cartagena andando en ndo en añazas y en placeres, y mariscando por las peñas de la costa, esperando a que le viniesen a decir los guardas que en tal parte han salteado; de manera que cuando la flota no sabia …, estaban en Veles o en Orán", por lo que proponía la intervención en áfrica argumentando que sus habitantes tendrían "tanto que hacer en guardar, sus lugares y tierras que olvidarán de venir a hacer guerra a la costa de Granada", llegando a aconsejar que sus navíos "no se han de buscar, sino si acaso se toparen con ellos" (3).
             Esta estrategia se reveló, muy pronto, como absolutamente ineficaz. Las plazas españoles en el norte de áfrica se convirtieron en espectaculares fortalezas ancladas en territorios hostiles que no podía ampliar su ámbito de influencia, ni mucho menos servir de catalizador para la implantación de colonos cristianos que hicieran posible la utopía de ciudades españolas autosuficientes. Por el contrario su dependencia fue total de los suministros llegados desde la península o desde Italia y pozos sin fondo que absorbían las cuantiosas sumas invertidas en el mantenimiento del personal en ellas destinados y en el de sus fortificaciones.
             Su eficacia fue siempre limitada pues, aunque la presencia española en esas tierras, tuvo un contenido político que alcanzó su más alta expresión en el mantenimiento de la monarquía hafsida de Túnez, durante un largo período, no pudo controlar las acciones navales de hombres como los hermanos Barbarroja o sus sucesores cuya capacidad de reacción se puso de manifiesto en circunstancias tan dramáticas como en la conquista de Túnez por Carlos V en 1.535.
             De todos es conocida la trascendencia de una campaña en la que participó el propio emperador que no dudó en comprometer cantidades que superaron el millón y medio de ducados y que, teóricamente, permitió recobrar un territorio que, un año antes, había sido ocupado por Jeireddím Barbarroja, aunque resulta sorprendente que, en la conducción de las operaciones, primasen objetivos muy alejados de la realidad: Es incomprensible que, tras la toma de la Goleta, se optase por atacar la ciudad de Túnez, antes de ocupar los puertos del litoral que hubieran provocado el aislamiento de Barbarroja que, cuando se vio obligado a evacuar la capital, pudo llegar hasta Bona, en donde permanecía una parte de su flota y, dando muestras de su arrojo, descargar un inesperado contraataque en las Baleares, en donde cuando "aún andaban a la vela las naves de la expedición regresando a los puertos" (4), capturó 5.700 hombres, entre los que se encontraban 800 heridos recién evacuados desde la Goleta.
             Se ha contrapuesto, en ocasiones, la ineficacia de este dispositivo frente al excelente papel desempeñado por los caballeros de San Juan en la isla de Malta, antigua posesión española, cedida por el emperador Carlos V, cuando tuvieron que abandonar Rodas. Allí la rden reorientó sus cometidos y, proyectada hacia la mar, se convirtió en una eficaz fuerza de policía mediterránea y auténtico valladar de la Cristiandad, frente a la amenaza turca. Malta fue una base naval desde la que los caballeros de la Religión supieron obtener el máximo rendimiento de una fuerza naval reducida, 4-5 galeras, protegida por un dispositivo defensivo que reveló su eficacia en el gran sitio de 1.565, cuando las fortalezas de la isla no habían alcanzado, todavía, el grado de perfección que tendrían, poco después, merced al impulso del gran maestre La Valette, fundador de su actual capital.
             Nuestras posiciones norteafricanas no tuvieron nunca esta proyección, aunque hubo algunos momentos en los que se llegaron a asignar unidades navales a las mismas (5) y, por lo tanto, no pudo obtenerse desde ellas el dominio del mar. Felipe II se percató del escaso valor de estas plazas y presidios y aunque, en algunos momentos, se decantó por una política más realista, nunca abandonó completamente los proyectos intervencionistas en el norte de áfrica. Lepanto constituye la expresión de una acción naval cristalizada tras la unión de todas las fuerzas de la Cristiandad y no cabe la menor duda que supuso el principio del fin de una amenaza que había encontrado su proyección mediterránea en uno de sus más preocupantes vectores. Pero ni se pudo "explotar el éxito", ni el mismo sirvió para interrumpir de manera definitiva la acción corsaria que siguió constituyendo un problema grave hasta fechas muy tardías, cuando buena parte de nuestros intereses se habían desplazado hacia otros escenarios estratégicos.
             En apoyo de lo que estoy comentando, no me resisto a reproducir la opinión de un hombre que no era marino, sino ingeniero militar, al que Felipe II había encomendado la fortificación de las costas de Cerdeña, en 1575, que tras la definitiva caída de la Goleta, eran punto de recalada obligado para nuestras naves. El ingeniero Antonio Camos le decía al monarca que era evidente la necesidad de reforzarlas para asegurar la navegación de quienes se aproximaban a unas costas que, por su escasa población y por su proximidad al norte de áfrica, "las hacían más frecuentadas de corsarios que la propia Berbería", aunque aprovechó la ocasión para manifestar su parecer contrario a los que creían necesario "armar Berbería", es decir volver a ocupar posiciones en esa costa, indicando con claridad meridiana a Felipe II que "siendo V.M. poderoso en la mar, lo será en tierra", porque con "doscientas galeras suyas y de sus amigos... serán ellas mismas otra Goleta en la mar" (6).
             Pero Felipe II no dispuso nunca de ese importante número de galeras ni de auténticas bases navales desde las que pudieran operar, al menos en la península, cuyas costas debieron ser aseguradas con torres de vigilancia y fortificaciones que no pudieron garantizar la seguridad de las localidades litorales, continuamente amenazadas por las audaces incursiones de las embarcaciones berberiscas que, en ocasiones, operaban en connivencia con esa quinta columna constituida por la población morisca.
             Sería erróneo, sin embargo, ofrecer un panorama completamente negativo en tomo a una situación que a lo largo del tiempo tuvo constantes altibajos y que, incluso en los momentos más desfavorables no llegó a comprometer, de una manera decisiva, los intereses vitales de nuestra monarquía que, como ocurrió en el Atlántico, terminó por aceptar las acciones corsarias como un mal inevitable.
             Anteriormente, he hecho referencia al Puerto de Santa María como base de operaciones de las galeras de España hasta que, en 1.667, fueron trasladadas a Cartagena, un puerto cuyas excelencias han sido cantadas desde la antigüedad clásica pero cuya operatividad se vio comprometida por las insalubres condiciones de su entorno. No conviene menospreciar la influencia que los aspectos sanitarios han tenido en el desarrollo de las operaciones militares y, especialmente, en las acciones navales por las especiales circunstancias de la vida a bordo. Todavía está por escribir la historia sanitaria de las campañas navales en el Mediterráneo en las que, junto a las lógicas consecuencias derivadas de todo enfrentamiento bélico, hay que considerar la frecuente irrupción de las enfermedades favorecidas por las altas temperaturas reinantes en los meses considerados idóneos para la navegación.
             Por otra parte, las reducidas dimensiones de las ciudades portuarias influía de manera muy negativa en el estado sanitario de esas grandes concentraciones humanas que la arribada de una escuadra originaba. Son conocidos los casos de empresas marítimas fracasadas antes de la partida de los buques por esta razón, como también el rechazo que provocaban entre la población civil ante las frecuentes epidemias que se desencadenaban en estas ocasiones. Santander constituye un ejemplo paradigmático de esta situación por su frecuente utilización como lugar de reunión de escuadras en las grandes empresas acometidas por la monarquía en el siglo XVI.
             García Hernán ha dado a conocer una serie de interesantes documentos en los que se relacionan todos los puertos del Mediterráneo en la segunda mitad del siglo XVI con indicaciones sobre el apoyo que cada uno de ellos podía dispensar a una fuerza naval.
             En el litoral mediterráneo se reseñaban a partir del estrecho, los siguientes:

             Gibraltar que disponía de castillo, bastiones y artillería aunque el viento que soplaba en su bahía provocaba que las galeras no pudieran entrar, ni salir cuando quisieran. Existen, sin embargo, numerosas referencias sobre su utilización, como estación de tránsito, por las fuerzas navales que se desplazaban desde Andalucía hasta Italia y como apostadero para las unidades de vigilancia en el estrecho.
             Marbella, un lugar cercado con bastiones, artillería y castillo, aunque era considerado un enclave con escasa protección.
             Fuengirola, un lugar con castillo no muy fuerte y escasa utilidad.
             Málaga, enclave de mediana importancia cuya playa estaba protegida con dos bastiones artillados y un castillo considerado no demasiado fuerte.
             La punta de la Herradura, lugar desierto a dos leguas de Almuñécar.
             Salobreña con su castillo artillado en cuyo puerto podían entrar siete u ocho galeras y con medios para atender algunas reparaciones.
             Almería considerada como un enclave con castillo artillado que podía ser mejorado.
             Cabo de Gata del que se destaca la importancia de su castillo en ese momento.
             Mazarrón, un lugar desguarnecido con un puerto para la carga de madera cuya mayor ventaja era la existencia de una playa importante.
             Cartagena era considerado uno de los puertos más importantes al que podían acceder dos galeras a la vez, permitiendo la invernada de 50 galeras en su costa.
             Portmán, entonces un lugar deshabitado pero donde podían ser reparadas galeras y galeotas.
             Santa Pola con algunas facilidades para la reparación de galeras.
             Alicante disponía de un castillo muy fuerte, importante playa, muelle para desembarcar y facilidades para la reparación de galeras.
             Villajoyosa, lugar con bastiones y alguna artillería.
             Río de Altea por cuya boca sólo podía entrar un bajel, pero que permitía refugiarse, con buen tiempo, a veinte galeras.
             Valencia con posibilidad de reparar galeras.
             Benicarló con escasa protección al igual que Vinaroz.
             Los Alfaques, un puerto de tres leguas en el que se podía hacer aguada y reunir leña.
             Ampulla, con una torre en el camino hacia Amposta.
             Salou con alguna posibilidad para efectuar reparaciones.
             Tarragona que tan solo disponía de un pequeño muelle. Barcelona, sin puerto pero con grandes atarazanas. Palamós con un muelle en el que podían invernar las galeras.
             Bahía de Rosas con fuerte protección.
             Cadaqués cuyo puerto tenía cierta importancia y que ofrecía la posibilidad de efectuar reparaciones.
             Port Vendres con capacidad para acoger a veinte galeras.

             Todos ellos, junto a los puertos españoles en Italia y las Baleares, podían servir de refugio ocasional a nuestras fuerzas navales que, en algunos, podían encontrar facilidades para su reparo pero, en sentido estricto, no pueden ser consideradas como auténticas bases navales. Es cierto que el apoyo requerido por una galera no era excesivamente complejo. Para sus características operativas bastaba un lugar en el que hacer agua y víveres, junto con playas en las que con, procedimientos de fortuna, pudieran limpiar fondos y efectuar pequeñas reparaciones, bajo la protección dispensada por la artillería de alguna fortificación terrestre.
             Las cosas cambiaban, cuando con ocasión de una gran empresa marítima, era preciso reunir un elevado número de unidades. El hecho de que estas concentraciones tuvieran lugar en muy diversos escenarios vino siempre motivada por razones coyunturales. La capacidad del puerto de Cartagena influyó, sin duda, en su elección como punto de partida para la conquista de Orán y su proximidad al teatro de operaciones determinó que aquí se refugiaran los buques supervivientes de la Jornada de Argel. El que las unidades que iban a tomar parte en la Jornada de Lepanto se concentraran en Barcelona fue debido al hecho de que en sus magníficas atarazanas se habían construido algunas de las mejores galeras, entre ellas la "Real", y, sobre todo, a la mayor seguridad que proporcionaba su alejamiento de las zonas en las que, habitualmente, operaban los corsarios berberiscos; esta última motivación influyó en muchas de las decisiones adoptadas, durante aquellos años, en relación con el despliegue naval.


     UN CAMBIO RADICAL EN LOS PLANTEAMIENTOS.-

             El eclipse del poderío turco, la irrupción en el Mediterráneo de las nuevas potencias navales y sobre todo, la importancia creciente de la navegación vélica, en detrimento de las galeras, supuso un cambio radical en los planteamientos estratégicos.
             El protagonismo de Cartagena, iniciado en 1667 con el traslado de las galeras, va a experimentrar un crecimiento espectacular tras el advenimiento de la nueva dinastía y la creación de una auténtica Armada Real con un creciente número de unidades que requieren un adecuado apoyo logístico, dispensado a través de los nuevos Arsenales. No podemos detenemos en el análisis de todas las circunstancias que rodearon este período de nuestra historia cuya influencia ha continuado presente, en algunos aspectos. Tampoco voy a referirme en los detalles relativos a la construcción del arsenal de Cartagena que convirtió a la ciudad en la principal base naval española en el Mediterráneo para lo que disponen Uds. de excelentes monografías. Pero permítanme, que me detenga en el análisis de los problemas estratégicos derivados de esta nueva situación.
             He hecho referencia, anteriormente, a la irrupción en esta agua de las nuevas potencias navales y, en especial, a Inglaterra empeñada en una dura lucha por la supremacía en la mar para lo que no regateó esfuerzos y supo aprovechar cualquier oportunidad.
             Hasta finales del siglo XVII, sus intereses en el Mediterráneo habían sido escasos, pero la guerra de Sucesión española le proporcionó la ocasión para hacer sentir su presencia y ocupar dos posiciones estratégicas de vital importancia: Gibraltar y Menorca. Con la primera lograba el control de uno de los puntos neurálgicos del tráfico marítimo, mientras que la ocupación de Menorca y el "descubrimiento" del excepcional puerto de Mahón, le situaba en posición envidiable frente a un área especialmente sensible a los intereses franceses. Hay que tener presente que no existía, todavía, la coartada del "camino hacia la India", aunque continuó su avance mediterráneo a muy bajo coste, y la ocupación de Malta constituye un ejemplo elocuente.
             Esta isla, antigua posesión española, fue entregada por el emperador Carlos a los caballeros de San Juan -como antes recordaba aunque reservándose la retrocesión de su soberanía en el caso de que fuera abandonada por ellos. Es lógico que su estratégica posición despertara apetencias foráneas y fue Napoleón quien, en su camino hacia Egipto la ocupó sin resistencia. En el momento de su declive, fue sustituido por los ingleses que hicieron de ella uno de sus enclaves estratégicos más importantes, hasta fechas muy recientes. No se suele recordar, sin embargo, que el Congreso de Viena que reorganizó el orden europeo tras el vendaval bonapartista, restituyó Malta a la Orden de San Juan, aunque Inglaterra no aceptó esta resolución, como es evidente, en menoscabo de los intereses de losscaballeros y, en buena lógica, de España.
             Bastante teníamos, sin embargo, con recuperar lo que, en nombre de uno de los pretendientes al trono, nos había sido arrebatado y, aunque Menorca pudo retomar a soberanía española como consecuencia de la paz de Amiens, la enseña británica sigue ondeando sobre la roca. Justo es decir que, tanto Gibraltar como Menorca había sido cedidos en virtud del tratado de Utrech que puso fin a la guerra de Sucesión española, el mismo que acabó con la presencia española en tierras italianas que, desde la Edad Media, habían formado parte de nuestra Corona.
             La otra potencia con intereses en la zona es Francia, condicionada, sin embargo, por su posición excéntrica. El más importante de sus puertos mediterráneos ha sido, históricamente, el de Marsella cuyo peso se hizo sentir desde la antigüedad clásica y en el que, más tarde, encontrarían apoyo las fuerzas navales del imperio turco con el que Francia mantuvo siempre unas especiales relaciones. No obstante, en la época que nos ocupa la proyección de su poder naval se establecerá desde la base naval de Toulon cuyo limitado valor estratégico ha sido señalado siempre por los tratadistas navales.
             Para que Francia pudiera jugar un papel más importante en el Mediterráneo era preciso que dispusiera de posiciones avanzadas que sirvieran de protección a sus costas y le capacitaran para una presencia más activa. La ocupación de Córcega cumplía este cometido respecto a las costas metropolitanas y no faltaron intentos para llevar a cabo el segundo propósito. Al ya citado de Malta, podemos