EL CUERPO DE INGENIEROS EN LAS
EDADES MODERNA Y CONTEMPORÁNEA


Juan Carrillo de Albornoz y Galbeño
Coronel de Ingenieros.
Profesor Emérito de la Academia del Arma de Ingenieros.
Licenciado en Historia.


             El Cuerpo de Ingenieros del Ejército, nacía oficialmente el 11 de abril de 1711, merced a un Real Decreto, firmado en Zaragoza por el Rey Felipe V. Sin embargo, los Ingenieros militares, o Ingenieros del Rey, como se les conocía indistintamente, habían aparecido por primera vez en los inicios del Renacimiento o lo que es lo mismo en la Edad Moderna. Esta aparente contradicción, entre el hecho de que el Cuerpo se creara en el Siglo XVIII, y el de que los que formarían parte de él, ya existían como tales Ingenieros desde dos Siglos antes, se explica si tenemos en cuenta que el citado Cuerpo lo que hizo realmente fue aglutinar y establecer unas plantillas y reglamentos a unos profesionales y técnicos de la milicia que venían ejerciendo sus funciones como se ha afirmado desde finales del siglo XV, o principios del XVI.
             En efecto, aunque se reconoce en la figura de Pedro Navarro, uno de los Capitanes de Gonzalo Fernández de Córdoba, experto en el uso de la pólvora y al que se le atribuye la invención de la utilización de la misma en el ataque a una fortificación, su condición de Ingeniero Militar, es quizás Benedito de Rávena el primero que recibe o se atribuye así mismo, en documentos conservados, la condición de Ingeniero del Rey, a partir de 1520.
             En cuanto a su aparición, la de los Ingenieros, se debió a la profunda transformación que sufre la fortificación con el Renacimiento, consecuencia a su vez de la aparición, evolución y perfeccionamiento de la artillería. En efecto el poder de destrucción de ésta, desequilibraba ampliamente la relación entre el atacante y el defensor, hasta entonces bien protegido pro los potentes muros del Castillo Medieval. Ocurriría que los cañones, con su fuego constante, eran capaces de abrir con gran facilidad grandes brechas en el muro, por el que podían penetrar con rapidez los asaltantes.
             Ello no fue así desde el primer momento de la aparición de los cañones (o armas pirobalísticas para distinguirlas de las catapultas, y otros medios llamados "neurobalísticos" utilizados durante el Medioevo), ya que éstos, los cañones, debido a su ineficacia inicial, (para la mayoría de los estudiosos del tema, nacidos en el siglo XIII), tuvieron que alternar con las clásicas máquinas de asedio utilizadas desde la antigŁedad, en los sitios a Castillos, y Ciudades Fortificadas. Durante los dos siglos posteriores a la invención de la Artillería (XIV y XV), ésta se iría perfeccionando, en el sentido de conseguir mayores alcances y precisión, sobre todo, al sustituir la antigua bala de piedra, que se rompía al golpear sobre el paramento del Castillo sin causar grandes efectos, por la bala de hierro fundido. Esta bala, mucho más regular que la de piedra, no se rompía al golpear el muro, sino que penetraba en el mismo produciendo grandes destrozos en él. Ante este hecho, sin igual en siglos, e incluso en milenios, el Castillo, o más bien la fortificación se vio en la necesidad, primero de adaptarse y posteriormente de cambiar radicalmente, a fin de recuperar el equilibrio en la tradicional pugna entre los medios de ataque y los de defensa.
             La necesidad de cambio en la fortificación, ante el poder destructor de la artillería, se produce precisamente en el momento en el que en Italia se desarrollaba el movimiento cultural, conocido como Renacimiento, al tiempo que en su suelo, los ejércitos de las dos mayores potencias europeas de la época, España y Francia, dirimían allí sus deseos de expansión y su pugna por el dominio del Viejo Continente. En ese crisol va apareciendo simultáneamente un sistema nuevo de fortificar, la "Fortificación Abaluartada" o "Primer Sistema Italiano", y los técnicos que dirigían su construcción, al tiempo que trazaban sus planos, que comenzaron a llamarse "Ingenieros". Ya no se trataba de los "alarifes" o "Maestres", en la mayoría de los casos anónimos, que erigían los Castillos Medievales, sino de técnicos militares que no sólo eran conocidos, sino que incluso llegaban a adquirir gran prestigio, como en el caso del aludido Pedro Navarro, citado elogiosamente por el historiador contemporáneo suyo Paulo Jovio, que le atribuye la invención de la mina de pólvora, al tiempo que lo considera como muy experto en fortificaciones.
             El nuevo sistema de fortificación, que como hemos señalado nació en Italia, (y del que no hablaremos, por ser motivo de otras conferencias en estas jornadas) se difundió rápidamente por toda Europa por dos vías, una, la de los propios Ingenieros Italianos, que formaban parte de los ejércitos en pugna en su suelo (sobre todo en el caso español, como veremos), y la segunda a través de los tratados de fortificación, o "Arquitectura Militar".
             La aparición de estos tratados coincide con la invención de la imprenta, lo que contribuyó a su rápida difusión. Uno de los primeros y más conocidos fue "Il Vallo" (la defensa) escrito por Giani Battista della Valle en 1.520, y del que, en poco más de un tercio de siglo, se hicieron diez ediciones, lo que nos puede dar una idea de su éxito. En España, el primero de los tratados que se imprimen, es en 1.598, en Madrid, con el título "Teoría y Práctica de la Fortificación" por el Capitán de Ingenieros Cristóbal de Rojas. Algo más de medio siglo antes, otro Ingeniero Militar español publicaba en Milán (1.538) su tratado de fortificación, escrito en italiano, y en forma de diálogo. El diálogo fue una fórmula muy utilizada, para todo tipo de tratados, durante el Renacimiento. Los personajes son dos, el Vulgo (el pueblo, sin el carácter peyorativo actual) y el propio Ingeniero; en este caso, que responde a las preguntas sobre Fortificación que el primero de tales personajes (el "Vulgo") le hace.
             Como hemos señalado, el nuevo sistema de fortificación sería tempranamente utilizado en España y "ultramar", gracias a los Ingenieros Militares italianos que fueron llamados por el Rey Carlos I y sucesores para realizar tales obras. Muy pronto, igualmente, aparecieron Ingenieros españoles, que aprendían el "oficio" junto a los Italianos, o bien estudiaban en algunas de las "Academias de Matemáticas y Fortificación", que fueron apareciendo a partir del Siglo XVI.
             La primera de ellas, o al menos la más conocida en esa época, fue la que fundaran en Madrid en 1.582 el Arquitecto Juan de Herrera y el ingeniero Tiburcio Espanochi. Su nombre era bien significativo: "Academia de Matemáticas y Arquitectura Militar" y en ella figuraron profesores como Julián Firrufino, que "leía" (o como diríamos hoy explicaba) la "Geometría de Euclides", o el Capitán de Ingenieros Cristóbal de Rojas (al que vimos como primer tratadista en España, de la fortificación) y que como no podía ser menos, explicaba "teoría y práctica de la fortificación". Esta Academia desaparecía en 1.625, y aunque hubo otras a lo largo del Siglo XVII (incluso en Milán, en tiempos de Felipe IV, que contó con profesores italianos del prestigio del matemático Tartaglia, o del Ingeniero San Micheli), ninguna de ellas llegó a tener la importancia de la "Academia Real y Militar del Ejército de los Países Bajos", que se fundó en Bruselas en 1675. Desde su creación, el director fue el Ingeniero Militar D. Sebastián Fernández de Medrando, que supo imprimir tal categoría a su Academia, que ésta se convirtió en una de las más importantes de Europa. En ella se formaron prestigiosos Ingenieros, (entre ellos D. Jorge Próspero de Verboom, que como veremos fue el fundador del Cuerpo de Ingenieros), muchos de los cuales trabajarían en ciudades y fortificaciones, tanto de la Metrópolis como del Nuevo Mundo. Sus enseñanzas pasaron, además de a España, (se admitía a oficiales extranjeros como alumnos), a Holanda, Suecia, Italia e incluso a Francia que (como afirma el profesor Zapatero) organizaba en París, posteriormente, el gran centro de enseñanza fundado por Vauban del que surgirían, Pagán, y el maestro de la fortificación abaluartada Neoclásica, Montalabert.
             Desde la aparición de la figura del Ingeniero Militar, quedaron bien delimitadas sus funciones, funciones que no se agotaban con el trazado y construcción de Fortificaciones, sino que, respondiendo a su carácter castrense, se ampliaban con la dirección de los trabajos de sitio o de ataque a fortificaciones, la construcción de edificios de carácter militar (cuarteles, hospitales...), estudios de itinerarios, o de "vialidad" en la marcha de los ejércitos, y en última instancia la construcción de edificios de obras de carácter civil. Todo esto constituía una masa importantísima de trabajo, lo que obligaba a tales técnicos de la milicia a una actividad frenética y a continuos viajes, a veces a sitios tan lejanos, teniendo en cuenta los medios de transporte de la época, como el Nuevo Mundo, e incluso Filipinas. Debemos tener en cuenta, además, que el número de Ingenieros del Ejército fue siempre muy reducido. De forma aproximada y mediando las cifras propuestas por distintos autores, podemos considerar que durante el siglo XVI, serían poco más de un centenar los Ingenieros Militares, mientras que para el siglo siguiente, su número aumentraría hasta duplicar o casi triplicar aproximadamente a los anteriores.
             Como ya sabemos, el Cuerpo de Ingenieros se creó a principios del siglo XVIII, pero en los dos siglos anteriores existió una cierta organización de sus futuros miembros. En efecto los Ingenieros del Rey, en algunos casos, sobre todo cuando se organizaban "Campañas", o expediciones concretas, eran destinados a los ejércitos encargados de llevar a cabo las operaciones, o bien formaban parte de ejércitos ya establecidos en algunos de los reinos dependientes de la Corona, como por ejemplo en los Países Bajos, o en Italia. Por poner algún ejemplo al Ejército de los Países Bajos, pertenecía D. Cornelio de Verboom, (padre del repetidamente citado D. Jorge Próspero de Verboom) que ejercía el cargo de Ingeniero Mayor en el mismo. Hubo en esos siglos, incluso un intento de temprana creación del Cuerpo que no prosperó. En 1.601, Felipe III nombraba a Tiburcio Espanochi "Ingeniero Mayor de SM. y Superintendente de las Fortificaciones de España". Después lo ostentraría (por muerte del anterior) el también Ingeniero del Rey (el título de Ingeniero lo daba siempre el monarca) Leonardo Tumano, último en recibir tal cargo, que por tanto desaparecía con su fallecimiento.
             De entre los Ingenieros Militares de los siglos estudiados hasta el momento, vamos a destacar, aunque sea de forma muy breve, la biografía de uno de ellos, precisamente la de Cristóbal de Rojas, ya señalado anteriormente.
             Nacido en Toledo en 1.555, estudió "Humanidades" en su Universidad; para pasar posteriormente a trabajar como ayudante, o "aparejador" de Juan de Herrera en la construcción el Escorial. En 1.584 se encontraba trabajando como arquitecto en Sevilla, donde construye una presa sobre el río Guadajoz, obra que le da una cierta notoriedad. Por esa época, tomaba parte en los trabajos de proyectos y dirección de los edificios notables entonces en construcción en la ciudad (Aduana, Casa de la Moneda, Puerta Grande de Triana, Hospital de la Sangre...), siendo nombrado "Maestro Mayor de las Fábricas [construcciones] de Sevilla".
             En 1.586, Tiburcio Spannochi, de paso por Sevilla para el reconocimiento de las fortificaciones de Cádiz y Gibraltar, conoció a Rojas, admitiéndole como ayudante de Ingeniero Militar. Un año después estaba trabajando en las fortificaciones de Pamplona, de donde pasaba a las de Cádiz.
             En 1.591, Rojas forma parte como Ingeniero en la expedición contra Francia, en cuya acción fortificó varios puntos en Bretaña, de donde vuelve a Madrid en 1595, recibiendo el ansiado título de Ingeniero del Rey. Años antes, en 1.582, Felipe II había creado, a instancias de Juan de Herrera y de Espanochi, como dijimos, la "Academia de Matemáticas y Arquitectura Militar" de Madrid, donde Rojas explicó fortificación, en 1.595 y 1.596. En este último año se producía el desgraciado "saqueo de Cádiz" por una flota anglo-holandesa. por lo que fue enviado urgentemente a tal ciudad para realizar las defensas provisionales imprescindibles, y posteriormente los proyectos y obras necesarios para complementrar sus fortificaciones.
             Siempre con base en Cádiz, recorre Gibraltar, Ceuta y Tarifa, proyectando obras de defensa, al tiempo que se edita su tratado de fortificación ya citado, al que seguirían otros dos sobre el mismo tema, e incluso realiza obras civiles o religiosas como la catedral vieja gaditana.
             En 1.611 viaja a Orán y Mazalquivir para la mejora de sus defensas, y finalmente en 1.613 va en la expedición destinada a apoderarse del Puerto de la Mármora (en el río Cebú, Marruecos), donde apenas desembarcadas las tropas, Rojas comenzó a construir el fuerte "Felipe III", en cuyas obras seguirá hasta que acometido por una enfermedad epidémica que diezmaba. a los expedicionarios, recibe licencia para volver a Cádiz, donde fallece a las pocas horas de su llegada, en Octubre de 1.614. En palabras del coronel de Ingenieros Mariátegui su principal biógrafo, diremos que: "Como Ingeniero en Campaña levantó atrincheramientos, improvisó fuertes y tomó los del enemigo haciendo más de una vez uso de la mina; en plazas estuvo encargado de la obra militar más importante de los reinos de Felipe II y Felipe III, la fortificación de Cádiz".
             Podríamos considerar a Rojas, cuya biografía acabamos de ver, el prototipo o paradigma del ingeniero militar de su época, mezcla homogénea de técnico y de soldado. Técnico, como arquitecto militar, constructor de fortificaciones (e incluso de edificios de carácter civil y religioso); y soldado, al tomar parte activa en campañas donde dirige los trabajos de sitio, realizados siempre frente al enemigo y al alcance de su fuego.
             él mismo lo percibía así, ya que en su tratado, "Teoría y Práctica de Fortificación", aparece en un grabado bien elocuente: le vemos de medio cuerpo con coraza y yelmo; y mientras que con una mano sostiene un libro (posiblemente uno de sus tratados aludidos), la otra descansa sobre un compás. La simbología no puede ser más sencilla y elocuente a la vez.
             Como ya tuvimos ocasión de señalar el año pasado, (también en Cartagena) en una ocasión similar a ésta, la labor de los Ingenieros del Ejército, en el período conocido como "Edad de Oro" de la cultura española, fue muy intensa, sobre todo en el campo de la Fortificación. Sin embargo no nos extenderemos en este tema, abordado por otros conferenciantes, aunque sí recordaremos algunos de los Ingenieros que trabajaron en Cartagena. Aparte de en las torres vigías construidas en sus costas en el XVI, como las de Azohía, Portmán, Cabo de Palos, Estacio o la de Encañizada, en la ciudad y en sus fortificaciones, en el XVII, trabajaban; Antonelli, el Fratín, Turriano, Marco Antonio Gandolfo, Gerónimo de Soto, Balfagón, Rinaldi... Todo ello motivado por la gran importancia que tomaba el puerto militar de esta plaza. a partir de la orden real (1.668) según la cual la Escuadra de Galeras debía invernar en su puerto.
             La última parte del XVII coincide con la agudización de la "decadencia española", comenzada en el segundo tercio del siglo. Esta decadencia también afectó a los Ingenieros militares, cuyo número, cuando, ya en los comienzos del siglo XVIII se produce la "Guerra de Sucesión" española, había caído dramáticamente. Eran muchas las causas de esta escasez, como la desaparición de las Academias de Matemáticas y fortificación (la de Bruselas lo hace en 1.706, al caer la ciudad en poder de las tropas de la Gran Alianza), o bien otras diversas entre las que podíamos destacar el desinterés de la propia corona por estos especialistas.
             Para tratar de solucionar este problema, que se hacía más evidente en la confrontación por la sucesión en España, el Marqués de Bedmar, Secretario del Despacho de Guerra (Ministro, diríamos hoy) proponía en 1.708, al rey Felipe V la creación del Cuerpo de Ingenieros, y a D. Jorge Próspero de Verboom como organizador del mismo. Representante más característico de los Ingenieros Militares españoles del siglo XVIII, Verboom había nacido en Amberes en 1.665, en el seno de una familia de origen flamenco al servicio de la corona española.
             Su padre D. Cornelio era Ingeniero Mayor del Ejército de los Países Bajos, cuando fue enviado al Franco Condado en 1.668, para mejorar sus fortificaciones. Allí permanecería, hasta que con ocasión de una nueva Guerra con la Francia de Luís XIV, se perdía esta posesión española (en 1.674), pérdida refrendada en la paz de Nimega firmada cuatro años después. Por esos años, D. Jorge Próspero seguía a su padre al Franco Condado, de donde comenzaba su carrera militar (a los nueve años, cosa no insólita en aquella época) tomando parte en las defensas de Besazón y Dole, frente al Ingeniero Militar francés de mayor prestigio en su época, el Mariscal Vauban. Posteriormente, y una vez en Bruselas, realizaba sus estudios como Ingeniero Militar, en la citada Academia de Matemáticas y Fortificación, y como discípulo de Sebastián Fernández de Medrano, su director. Terminados sus estudios, en 1684 era nombrado "Ingeniero Extraordinario" y seis años después recibía la patente como Ingeniero Militar.
             Durante la primera etapa de su vida, su actividad en campaña fue continua. En 1.691, tomaba parte en la expedición que tenía por objeto el levantamiento del asedio de los franceses a la plaza de Mons, conservándose un manuscrito suyo "con los planos de las marchas y los campamentos de los ejércitos aliados en la campaña de Flandes".
             En 1.695, ya como Ingeniero Mayor de los Países Bajos, (cargo para el que fue nombrado a la muerte de su padre), tomaba parte en el sitio de Namur, junto al famoso general holandés, maestro de la fortificación, el barón Von Coehoom, donde por su brillante actuación fue ascendido a mariscal de campo.
             Sería sin embargo, con ocasión de la Guerra de Sucesión española cuando Verboom se consagra como uno de los Ingenieros militares más importantes del siglo XVIII.
             En 1.701 le encontramos decidido a organizar la defensa de Amberes, donde construye los fuertes de Dam y Austruweil, una cabeza de puente en el Escalda, numerosas baterías fortificadas, restaura los fuertes "Felipe", "María" y la "Perla" y finalmente mejora la antigua fortaleza de Santúliet.
             En 1.702, Verboom junto al marqués de Bedmar, sitiaba a Hulst, sitio en el que trabajaría junto al Mariscal Vauban, esta vez como aliado. En 1.706 lo encontramos de nuevo en Amberes, ciudad que caería definitivamente en poder del ejército anglo-holandés.
             Como señalamos más atrás, en 1.709 Verboom viene a España, como consecuencia de su designación para la creación de Cuerpo de Ingenieros, cuestión que le encarga su amigo el de Bedmar. Ese mismo año asciende a Teniente General y en Diciembre es nombrado Ingeniero General de los Reales Ejércitos, Plazas y Fortificaciones, cargo con el que mandaría el futuro Cuerpo, una vez organizado.
             En 1.711, las tropas del Mariscal Stharemberg derrotaban a las de Felipe V en la batalla de Almenara, siempre en el marco de la Guerra de Sucesión de España. En la batalla, caía herido y prisionero Verboom, siendo conducido a Barcelona, donde permanece hasta 1712, año en el que es canjeado. Durante su cautiverio, remitiría su proyecto del Cuerpo de Ingenieros, que fue aprobado por el Rey el 17 de Abril de 1.711.
             Una vez vuelto de la prisión, Verboom se dedicó a la formación del nuevo Cuerpo, actividad que tendría que hacer compatible con numerosas actuaciones como Ingeniero en Campaña. Por lo pronto en 1.713 se le encarga la dirección de los trabajos de sitio encaminados a la toma de Barcelona, que aún se mantenía separada de la corona española. Finalmente la ciudad sería tomada (trece meses después) por las tropas de Felipe V, que penetran por la brecha que habían abierto los zapadores, dirigidos por el Ingeniero General.
             Una vez tomada la ciudad, allí se quedaría Verboom encargado de la construcción de la ciudadela, al tiempo que redactaba un reglamento sobre cuarteles, y seguía con la organización del Cuerpo. Este, segundo entre los ejércitos europeos en su creación (el primero lo fue en Francia, organizado por el Mariscal Vauban), tenía una estructura piramidal en el que en la cúspide, el mando lo ejercía el Ingeniero General (Verboom) y de arriba abajo los distintos niveles estaban representados por los: "Ingenieros en Jefe o de Provincia", "Ingenieros en Segundo", "Ingenieros en Tercero" y finalmente "Designadores a la orden del Ingeniero en Jefe de cada Provincia". En cuanto a los miembros del Cuerpo, inicialmente su número fue muy reducido. El núcleo principal debía constituirse con los procedentes de Flandes, de donde apenas pudieron venir una treintena, algunos de ellos flamencos, dos franceses y algunos españoles, todos ellos con experiencia en campaña adquirida en aquellos reinos. A partir de 1.712 se incorporaron Ingenieros italianos y españoles que habían trabajado en los citados estados, e incluso un cierto número de Ingenieros franceses, y en menor grado valones. Entre los años de 1.711 y 1.718, se integraron en el Cuerpo algo más de un centenar de miembros, reclutados ya con experiencia, por lo que quedaba pendiente la formación de los Ingenieros militares, toda vez que la Academia de Bruselas había desaparecido en 1.706.
             Retornando la biografía de Verboom, diremos que después de finalizar la guerra de Sucesión (1.714), dedicaría buena parte de su tiempo a la elaboración de< proyectos y' dirección de obras de carácter tanto militar, como civil o de obras públicas. De ellos señalaremos, sin ánimo de ser exhaustivos, la prolongación del muelle de Levante en Málaga, puesta en riego de zonas de Murcia, Lorca y Vera, fortificaciones de Ceuta, Cádiz, Pamplona, Cuba, Barcelona, Badajoz...
             Aún le daría tiempo al Ingeniero General para mandar los Ingenieros en dos expediciones. La primera en 1.718 en la que se lograba la toma de la ciudad de Mesina, y la segunda el sitio de Gibraltar de 1.727, en el que Verboom desde el primer momento hizo patente su reserva en la forma de llevar el ataque (el jefe de la expedición era el Conde de las Torres) ya que según su opinión debía realizarse mediante un desembarco, y no directamente por el istmo como se llevó a cabo, con el conocido fracaso.
             En 1.744, pocos años después de obtener la dignidad de Capitán General, D. Jorge Próspero moría en Barcelona, dejando al Cuerpo de Ingenieros organizado y en considerable aumento.
             Además de lo indicado hasta ahora, durante su mandato había logrado otras dos cuestiones de vital importancia para la institución. La primera, cronológicamente hablando, fue la "Real Ordenanza e Instrucción para los Ingenieros" publicada en 1.718. En ella se determinaban las funciones del Cuerpo, que eran bien extensas. En síntesis estas eran textualmente "La formación de Mapas o Cartas Geográficas, trabajos de nueva planta sobre los ríos que se pudieran hacer navegables, canales para riegos, y otras diversas diligencias dirigidas al beneficio Universal de los Pueblos..., las obras nuevas y reparos precisos en Fortificaciones, Almacenes, Cuarteles, Fábricas reales, sobre la conservación de las Plazas y Puertos de Mar". E Igualmente... "hacer Caminos y Puentes..., a fin de facilitar la comodidad de los pasajeros y comerciantes".
             La segunda de las instituciones afectaba a la enseñanza para la admisión de los futuros miembros del Cuerpo. Verboom, como vimos, había estudiado con Sebastián Fernández de Medrano en Bruselas, y desde que fue nombrado Ingeniero General tuvo la intención de crear una nueva Academia. No lo lograría hasta 1.720 en que se abre la "Academia de Matemáticas y Fortificación de Barcelona, de la que fue su primer director D. Mateo Calabro. Según su reglamento, los alumnos debían ser oficiales o cadetes de las diversas armas del Ejército, Infantería, Caballería, Dragones..., e incluso se admitía a algunos "caballeros particulares", o paisanos. Los estudios estaban estructurados en cuatro cursos de nueve meses cada uno. Los que aprobaban los dos primeros (en los que se hacía especial hincapié en el estudio de las matemáticas), obtenían un certificado acreditativo de sus conocimientos. Aquellos que al terminar esos curso, querían ingresar en los Cuerpos de Artillería e Ingenieros, debían aprobar los otros dos en los que se estudiaba especialmente Fortificación, Arquitectura, Trazado de Planos y Dibujo..., y una vez superados, aún debían los futuros Ingenieros aprobar un examen final para pertenecer al Cuerpo correspondiente. Verboom de esta forma racionalizaba el ingreso, al tiempo que aseguraba la capacidad técnica y científica de los nuevos miembros.
             La biografía de D. Jorge Próspero abarca, como se ha señalado, prácticamente la primera mitad del siglo XVIII. En la segunda parte del siglo, el Cuerpo de Ingenieros iría aumentando lentamente sus plantillas, siempre insuficientes si tenemos en cuenta sus numerosas funciones, así como la enorme extensión (el territorio metropolitano y los de Ultramar) donde debían cumplir tales funciones.
             Como recapitulación en lo concerniente al Cuerpo de Ingenieros en la primera centuria desde su creación, diremos que éste comenzó su andadura en un momento de grave postración de la Nación, agudizada por la desastrosa Guerra Sucesoria española. Gracias a la determinación y decisión nacional, España pudo salir de la crisis, relativamente indemne.
             También los Ingenieros superarían su estado de postración inicial. Con la creación del Cuerpo en 1.711 se daba un paso importantísimo en este sentido, al tiempo que se ponía en manos del estado un conjunto de técnicos muy capacitados que desempeñarían, desde el momento de su creación, un papel importantísimo por no decir único, en la ordenación espacial diseñada por la monarquía borbónica. En efecto, el Cuerpo de Ingenieros constituiría de hecho, el primer grupo oficialmente organizado de técnicos que existe en España, al servicio del estado. Sus funciones específicas inicialmente debían circunscribirse a las propias de la defensa: la construcción y reparación de fortificaciones, o la dirección en el ataque a las mismas, a las que podrían añadirse aquellas otras relacionadas con la arquitectura militar, como la construcción de cuarteles y hospitales. Sin embargo, dada la inexistencia de un Cuerpo civil de ingenieros, ya vimos como en la Ordenanza de 1.718 se atribuían a los ingenieros militares aquellas funciones totalmente civiles relacionadas con las obras públicas, o la ordenación espacial del territorio, e incluso las encaminadas al desarrollo económico de la nación. Por ello colaborarían de forma esencial en la construcción de caminos, canales, puertos y arsenales, en el desarrollo urbano, en la cartografía y levantamientos geodésicos, e incluso en obras civiles y religiosas de carácter diverso, o finalmente en a descripción de zonas, a través de informes que abarcaban asuntos tan alejados inicialmente de sus competencias como las relativas a la economía, historia, demografía, geología y botánica.
             Esta amplísima variedad de funciones, estaba respaldada por una preparación sistemática, que imprimía en los miembros del Cuerpo una sólida formación científica. que comenzaba por el estudio de las matemáticas, y seguía con otras numerosas disciplinas.
             A finales de siglo, el estado de la cuestión comenzaría a cambiar, en el sentido de replegarse el Cuerpo en aquellas cuestiones que les eran más propias, es decir, las relacionadas directa o indirectamente con la defensa. En efecto, desde 1.788 Agustín de Betancourt, antiguo ingeniero y militar, venía proponiendo la creación de un cuerpo civil de ingenieros, aunque no sería hasta 1.799 cuando se crease el de Caminos, seguido ya en el siguiente siglo (1.802) de la Escuela de Estudios de la Inspección general de caminos, responsable de la formación de los técnicos consiguientes.
             Aun así la desvinculación de los ingenieros del ejército con respecto a la construcción de obras civiles no sería brusca, sino paulatina, aunque esto será una cuestión que veremos cuando se estudie el siglo XIX.
             No debemos deducir de lo dicho hasta ahora en estas conclusiones, que el campo de actuación más importante de los ingenieros del ejército fuese precisamente el correspondiente a las obras civiles, ya que su labor en la construcción de fortificaciones a lo largo del siglo fue extraordinaria, hasta el punto de dejar en Hispanoamérica la cadena defensiva, en cuanto a la fortificación abaluartada se refiere, más importante del mundo. Tampoco podemos desdeñar la contribución de los miembros del Cuerpo en el campo de batalla, ya que la guerra de sitios fue fundamental durante el siglo XVIII, y estos, los sitios siempre eran dirigidos por ingenieros del ejército, en una labor durísima y de elevado riesgo que ocasionaría la muerte a casi treinta de ellos.
             Ciñéndonos de nuevo a Cartagena, diremos que el XVIII es el siglo de mayor actividad en cuanto a Fortificación se refiere, terminándose en ese siglo sus obras de defensa. Además en la Centuria se construía en la plaza una base naval y un arsenal, al convertirse la ciudad en la capital del Departamento Marítimo de Levante. Fueron muy numerosos los Ingenieros del Ejército que trabajaron en tan importantes obras. Señalaremos, sólo como recuerdo los nombres de Esteban Panón, Sebastián Feringán Cortés, Pedro Martín-Paredes Zermeño, o Mateo Vodopich.


     EL SIGLO XIX. LAS REFORMAS.-

             A principios del siglo XIX se llevaban a cabo una serie de reformas en el Cuerpo, tales que lo situaban en los umbrales de la concepción contemporánea del actual Arma de Ingenieros. Estas reformas se debían al entonces Ingeniero General D. José de Urrutia y al que por tanto podemos considerar a la altura del otro gran organizador, D. Jorge Próspero de Verboom.
             El primer fruto de la reforma fue la creación, por real decreto de 5 de Septiembre de 1.802, del Regimiento de Zapadores-Minadores, antecedente de las actuales unidades de Ingenieros. El regimiento proporcionaba al Cuerpo, las tropas permanentes que necesitaba para realizar sus cometidos en campaña, vieja aspiración de los antiguos Ingenieros Militares. Recordemos que cuando nace el Cuerpo, en 1.711, lo hace como Cuerpo facultativo, sin tropas propias, por lo que durante todo el siglo XVIII, y lógicamente en los siglos anteriores, para cada campaña, y más concretamente para cada sitio, habían que poner a disposición de los Ingenieros tropas heterogéneas, que tenían que ser instruidas en cada ocasión en los trabajos específicos de zapa y minado. La creación del Regimiento Real, terminaba con esta penosa situación, ya denunciada por incómoda y poco efectiva por el propio Verboom.
             La segunda parte de la reforma consistió en la publicación, en 1.803 de las nuevas Ordenanzas. En ellas se regulaba la carrera de los oficiales de Ingenieros, se determinaban sus funciones y se fijaban las plantillas en 196 jefes y oficiales, a los que había que añadir los destinados en América y Canarias, cuyo número no se especificaba, aunque podemos cifrarla aproximadamente en un tercio de la citada plantilla.
             También se insistía en la nueva Ordenanza, en el carácter militar del Cuerpo y la limitación de las funciones de sus miembros a las puramente castrenses. Por otra parte se autorizaba a que pudiesen trabajar en obras civiles en situación de "comisión de servicio". Sin embargo, sobre todo en América hasta la Independencia de los antiguos virreinatos, y casi hasta finales del siglo XIX, en Cuba, Santo Domingo y Filipinas, los Ingenieros del Ejército siguieron encargándose de las obras públicas en esos territorios.
             Siguiendo con la reforma, la última parte de la misma consistía en la creación de una Academia Específica en Alcalá de Henares. Esta era otra de las aspiraciones de la Institución, que venía percibiendo el anquilosamiento, desde los últimos años del siglo anterior, de la Academia de Barcelona. Con la Academia específica, el Cuerpo lograba la modernización de los estudios, así como el que, independientemente de que el ingreso se reservara aún, a oficiales y cadetes de todas las Armas, los programas estuviesen encaminados a la formación única de sus futuros miembros. Los estudios duraban tres años, con especial énfasis en las matemáticas modernas, en la Fortificación y en la Arquitectura, y además los alumnos debían superar un examen para ingresar en la Academia, y otro, después de aprobar el último curso, para su ingreso en el Cuerpo. A partir de 1.814, los cursos pasaban de tres a cuatro, ampliándose así sustancialmente la preparación, al tiempo que se admitían civiles en el ingreso, por primera vez.
             En el primer tercio del XIX, la Academia se vería envuelta en diversas vicisitudes históricas que motivarían que se convirtiese en "itinerante". En efecto, por lo pronto la "Guerra de Independencia" obligó a oficiales y alumnos a huir de A1calá, lo que significaba la momentánea desaparición de la Academia.
             Después de varias propuestas encaminadas a organizar un centro, donde se pudiese formar a los ingenieros necesarios para la guerra, funcionaría uno "provisional" en Cádiz, desde 1.811 hasta 1.814, en que nuevamente se abría la de la antigua "Complutum".
             No duraría demasiado la vuelta a los orígenes; en 1.823 Fernando VII, vuelto al absolutismo después del "Trienio Constitucional", cerraba la Academia, cuyos profesores y alumnos se habían adherido en 1.820, con excesivo entusiasmo, a la Constitución de Cádiz. Dos años después, en 1.825 se abría en Segovia, un "Colegio General Militar" para todas las Armas. Sin embargo el Cuerpo de Ingenieros se "desenganchaba" prontamente de tal centro de enseñanza. En efecto, al año siguiente se abría la Academia de Ingenieros de Madrid, de donde se trasladaba sucesivamente a ávila, Talavera de la Reina, y Arévalo, siempre acompañada del Regimiento de Zapadores-Minadores, hasta que el 1.833 se instalaba para casi un siglo en la ciudad de Guadalajara.
             A partir de la segunda mitad del siglo XIX, y para poder cubrir las necesidades crecientes de unidades de Ingenieros, que pudiesen responder a sus numerosas funciones en campaña, se fue aumentando paulatinamente el número de sus Regimientos. En consecuencia, en 1.860 aparecía el segundo, y catorce años después el número tres, que además significaba un paso muy importante para el Cuerpo, ya que este regimiento alumbraba dos nuevas especialidades con las que incorporaban otras tantas novísimas técnicas. Se trataba respectivamente: de las transmisiones, todavía en forma de telegrafía óptica y eléctrica, y de las unidades de ferrocarriles, especialidades que pocos años antes, en la guerra franco-prusiana, habían demostrado su gran utilidad en campaña.
             Para no extendemos en esta cuestión, que por otra parte no sería objeto de esta conferencia, diremos que en 1.884, eran ya cuatro los regimientos de Zapadores-Minadores, a los que había que añadir otro de Pontoneros, y dos Batallones independientes, uno de Ferrocarriles y otro de Telegrafía. Por cierto, que este último sería el encargado de crear una nueva especialidad, consecuencia una vez más de la Guerra Franco-prusiana. Se trataba de la Aerostación, que con el tiempo evolucionaría hasta convertirse primero en el Servicio de Aeronáutica, y posteriormente en nuestro actual Ejército del Aire.
             Como hemos hecho respecto a los siglos XVI al XVIII, trataremos de ex