CIUDADES FORTIFICADAS ESPAÑOLAS
EN EL NORTE DE ÁFRICA.


Orán- Mazalquivir como compendio y modelo
de enclave español en el Magreb.

Juan Bautista Vilar.
Catedrático de Historia Contemporánea de la
Universidad de Murcia.


             Trazar una panorámica breve y clara de una temática, las ciudades fortificadas españolas del norte de áfrica, incidente sobre un sector geográfico muy extenso, el Magreb, y en un tiempo largo, los tres siglos de la modernidad, es empeño harto difícil.
             Baste decir que en lo que a mi concierne, y con ello es sólo un ejemplo entre varios, una aproximación a esa temática me ha representado doce años de ardua investigación entre 1986 y 1997 en las principales cartotecas españolas, norteamericanas, británicas, portuguesas, francesas, italianas y magrebíes, investigación traducida en la exhumación, estudio y publicación de 3.000 planos y mapas recogidos en cuatro gruesas monografías-repertorios, que sobre Argelia (1), Túnez (2), Marruecos (3) y Libia (4) aparecieron sucesivamente en 1988, 1991, 1992 Y 1997 publicados en francés el primero, en ediciones bilingües español-francés el segundo y tercero, y en español-inglés el cuarto por la Agencia Española de Cooperación Internacional dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores. Debo decir que ese material, por razones obvias, no incluye las fortificaciones referidas a las actuales plazas españolas de soberanía en el norte de áfrica.
             Realmente impresionante el conjunto de Melilla, recientemente restaurado, pero también el de Ceuta, y no exentas de interés las fortificaciones de los Peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas remontables al XVI. No así las del pequeño archipiélago de las Chafarinas, tardíamente ocupado por España a mediados del pasado siglo en las inmediaciones de la desembocadura del Muluya, arranque de la raya fronteriza entre Marruecos y Argelia. Sobre estas plazas de soberanía me ocupo actualmente en colaboración con María José Vilar, mi hija, en una investigación próxima a concluir, aunque incidente más en la cartografía que en las fortificaciones, que cuentan con excelentes estudios recientes. Por ejemplo, los del arquitecto Salvador Moreno Peralta y el historiador Antonio Bravo Nieto sobre Melilla y la rehabilitación de sus cuatro recintos fortificados (5).
             Mi contribución, realizada en lo que Argelia se refiere en colaboración con Míkel de Epalza, catedrático de la Universidad de Alicante, en modo alguno ha pretendido o pretende agotar el tema, sino más bien sugerir y abrir caminos a nuevas investigaciones, dado que las fortificaciones españolas del norte de áfrica (y por extensión las portuguesas de Marruecos) son las menos estudiadas, y por tanto las peor conocidas en el ámbito hispánico, si se compara su caso con las de la Península, Baleares, Canarias, América y Filipinas, sobre las cuales poseemos importantes estudios. Sobre todo a partir de los realizados por José Antonio Calderón Quijano (6), catedrático de la Universidad de Sevilla, fallecido en fecha reciente, y a quien me complace dedicar aquí un recuerdo emotivo, dado que de una forma u otra la gran mayoría de quienes nos ocupamos en esta temática somos discípulos suyos.
             A quienes se interesen por el tema de las fortificaciones hispano-magrebíes les remito a mis cuatro repertorios mencionados. En ellos hallarán amplia información empírica, cuantiosas referencias documentales, actualizada bibliografía, y sobre todo sugerencias para abordar nuevos trabajos e investigaciones.
             Ahora me limitaré a hacer una breve reflexión sobre las condiciones históricas en las que tuvo lugar la proyección española sobre el Magreb. Una reflexión seguida de un recuento de nuestras fortificaciones norteafricanas, y finalmente para intentrar tocar fondo en algo, me centraré en el caso del sistema defensivo de Orán-Mazalquivir, que por su magnitud y por su vigencia durante tres siglos, viene a ser compendio y resumen de todo lo demás.
             Realizada la unidad nacional española en el tercio final del siglo XV por los Reyes Católicos a base de Castilla y Aragón, y completada en 1492 -año del descubrimiento de América- la acción reconquistadora con la absorción del último estado musulmán de la Península ibérica, el sultanato granadino, no sin durísima y porfiada guerra, la proyección hispánica en el norte de áfrica se encauzará por nuevos derroteros. La secular política pragmática de la Corona de Aragón, fundamentalmente pacifista y mercantil, da paso a otra bien diferente propugnada por Castilla, potencia con superior peso en el marco de la nueva España. Castilla, insuflada del espíritu medieval de cruzada, incluye entre los ideales nacionales del flamante estado la continuación de la obra de reconquista frente al Islam al otro lado del estrecho de Gibraltar, política a la que por cierto no faltaban precedentes castellanos en el medievo, y que venía a coincidir con la iniciada por Portugal en el Magreb atlántico el ocupar Ceuta y Tánger. Se trataba, a su vez, de poner a cubierto de posibles amenazas los territorios peninsulares recién adquiridos, situando el frente de lucha al otro lado del mar, y haciendo más seguro el Mediterráneo centrooccidental para la navegación cristiana.
             Ese espíritu expansionista y agresivo fue revestido de un cierto carácter de cruzada religiosa con que se pretendía legitimarlo, carácter sancionado por el papa español Alejandro VI cuando en 1494 concedió a la Corona de España nada menos que el derecho de conquista de toda áfrica sin otra excepción que los reinos de Fez y Guinea, que por otra concesión apostólica poseían ya los lusitanos. La ocupación de Melilla, primero de los objetivos elegidos, que tuvo lugar en 1497 por Pedro de Estopiñán, por cierto con una flota del duque de Medinasidonia destinada inicialmente a una de las expediciones colombinas, determinó dificultades con Portugal por hallarse esta plaza en su zona de influencia, dificultades solventadas posteriormente con el abandono a Castilla del derecho de ocupación del litoral al este de Ceuta.
             La comunicación con sus correligionarios magrebíes de los musulmanes sojuzgados en la Península ibérica, los sentimientos de hostilidad contra el cristianismo peninsular difundidos por los emigrados, y la insurrección granadina de 1501 -por incumplimiento de los Reyes Católicos de las capitulaciones concertadas con la población islámica en el momento de su sometimiento-, proporcionó argumentos adicionales a quienes abogaban por la abierta intervención en áfrica.
             Diferentes factores de política interna e internacional impidieron a los Reyes Católicos abordar con decisión sus proyectos intervencionistas en el norte de áfrica. Ante todo las interminables guerras con Francia por el control de Italia, pero también otros compromisos de la Monarquía como el gran esfuerzo realizado en América en los primeros tiempos de su descubrimiento y colonización, y el vasto plan de reformas abordadas en España, incluida la sujeción de la nobleza feudal, reformas llamadas a hacer de este país en breve plazo un estado moderno.
             La muerte de Isabel la-Católica en 1504 sobrevino cuando todavía la empresa africana apenas se había iniciado, dado que la incorporación de las islas Canarias y la ocupación de Melilla no pasaban de ser episodios aislados. Pero ya estaba ultimada una vasta labor preparatoria con tal objetivo. De ahí que en su testamento -12 noviembre 1504- recomendara a sus sucesores "que no cesen en la conquista de áfrica", entendida como cruzada. Francisco Ximénez de Cisneros, el regente castellano, franciscano y cardenal, político de altos vuelos, confesor y devoto de la Reina Católica, pondría en la puntual aplicación de esas cláusulas testamentrarias toda la energía y eficacia que le caracterizaban. Nunca como ahora la ofensiva africana revestiría caracteres de idea nacional y al propio tiempo cruzada mesiánica contra el Islam. Entre otros motivos porque en estos momentos fue empresa privada de Castilla, libre del freno aragonés por haber dejado el rey Fernando el campo libre al retirarse a sus estados de Aragón.
             La ofensiva española, o por mejor decir castellana, sobre el Magreb, desatada por Cisneros, se revelaba imparable. En 1505 el alcaide de los Donceles ocupaba Mazalquivir. Cuatro años más tarde se haría lo propio con Orán en memorable campaña comandada técnicamente por el veterano de las guerras de Italia, el conde Pedro Navarro, y dirigida personalmente por el propio Cisneros, que la financió con cargo a los recursos de su mitra de Toledo. Bedjaïa era ocupada en 1510 y seis meses más tarde se haría lo propio con Trípoli. En menos de un lustro la amenaza española había pasado de mera posibilidad a hecho tangible que comprometía de forma inmediata la existencia misma de la totalidad de los países norteafricanos. Intentando frenar el imperialismo hispano, a los débiles estados magrebíes no les quedó otra salida que entregarse a otro imperialismo, el turco, sacrificando la independencia política con tal de conservar la propia identidad religiosa y cultural.
             En suma, se abrirán paso ahora los ideales castellanos que entendían la proyección en el norte de áfrica como presencia física, fundada en la cruzada religiosa, la ocupación militar, y hasta donde resultase factible en la colonización y aculturación de los pueblos sometidos, ideales éstos de Isabel la Católica asumidos luego en parte por Carlos V. La alternativa aragonesa de expansión meramente política y comercial, en la que el uso de la fuerza y la consecución de objetivos territoriales sólo están justificados con criterios de autodefensa, sería abandonada por el momento. Si Isabel I de Castilla en su testamento había pedido lisa y llanamente "la conquista de áfrica", su viudo Fernando Il de Aragón, más previsor, en el suyo se contentrará con recomendar a su sucesor que no bajase la guardia frente la Islam mediterráneo, pero sin comprometerse en una aventura imperialista sin salida. Si Carlos V apostó por la solución castellana, Felipe Il, aleccionado por el fracaso final de esa política, regresaría a los prudentes esquemas fernandinos.
             Lo sucedido después es sobradamente conocido. La ofensiva de Carlos V sobre el Magreb centro-oriental, cuyo episodio culminante es la memorable conquista de Túnez en 1535, que redujo a ese país a protectorado español, asegurado por el control de su antepuerto de La Goleta, fortificado con formidables defensas, la construcción posteriormente de la ciudadela conocida como "Arx Nova" -esto ya en tiempos de Felipe Il-, que dominaba la ciudad, y el aseguramiento de sus flancos mediante el control de los puertos de Bizerta, Tabarca y Annaba por el oeste, y con la ocupación de Kelibia, Harnmamet, Monastir, Sfax, Sussa y la isla Yerba, y la construcción del nuevo puerto fortificado de Mehediá, Mahdia, Mahdiya o áfrica, que de las cuatro maneras es mencionado. Sobre esas fortificaciones existe extensa cartografía y documentación.
             Más hacia el este, y dentro de los límites de la actual Libia, la presencia española en Trípoli fue una realidad entre 1510 y 1530, año este último en que Carlos V cedió la plaza, así como la isla de Malta, a los caballeros de San Juan de Jerusalén, para compensarles por la pérdida de Rodas. Las fortificaciones de la época están sobradamente ilustradas por los planos de Gastaldi, Forlani, Bertelli o de Antonio de Trana, entre otros, hasta la evacuación de la plaza por los caballeros sanjuanistas en 1551. La presencia hispana en Bengasi, Derna, Cierne, Bomba y Tobruk, resultó todavía más efímera. Al oeste de Annaba (Bona para los españoles), puerto hoy argelino entonces dependiente del reino tunecino protegido por los españoles, fueron ocupados la totalidad de los embarcaderos de alguna relevancia existentes entre ese punto y Arzeo, en las inmediaciones de la frontera con el Marruecos actual. Incluido el Peñón de Argel, que dominaba la entrada al puerto del mismo nombre. Esas ocupaciones y las fortificaciones de que fueron acompañadas cuenta a su vez con cuantiosa cartografía y documentación.
             Los progresos imparables del imperialismo español obligaron a los débiles estados magrebíes a optar, como mal menor, por el sometimiento a otro imperialismo, el otomano, en alguna medida también extranjera y opresor. Tan sólo Marruecos logró escapar a duras penas a ese doble imperialismo. A su vez, pudo repeler la penetración portuguesa en la costa atlántica (en retroceso desde 1550 y en franca liquidación desde el desastre de Alcazarquivir de 1578 por más que subsistiera la persistencia lusitana en Yadida hasta 1769), y entrar en una fase de modernización y progreso en. el tercio final del XVII con el sultán Mawlây Ismâil, y con varios de sus sucesores reformistas en la siguiente centuria, todos ellos fundadores del Marruecos actual, aunque sobre la inestable plataforma de un mosaico de territorios, pueblos, etnias e intereses divergentes, integrados por el momento de forma harto imperfecta. El fracaso del emperador en su intento de ocupar Argel en 1541 supuso el comienzo de un retroceso gradual de la presencia española, dándose paso a una situación de equilibrio con los turcos, roto a favor de éstos en 1558 con ocasión del segundo desastre de Yerba, restablecido luego en Lepanto en 1571 y dos años después con la reconquista de Túnez por don Juan de Austria, a la que siguió un año más tarde una ofensiva osmanlí imparable, la liquidación del reino hafsida de Túnez protegido de Túnez protegido por España, la restauración de la soberanía otomana sobre ese país y territorios limítrofes, y la expulsión total de los españoles del Mediterráneo islámico centro-oriental en el expresado año, incluida La Goleta, su fortaleza más emblemática. A España no le quedó otra posición que la pequeña isla de Tabarka, arrendada a los genoveses primero y transferida en 1714 al nuevo reino de Cerdeña (7).
             En el tercio inicial del XVII, fracasados los últimos intentos del imperialismo hispánico contra La Goleta, Harnmamet, Sussa y Yerba, perdurará en adelante una teórica situación de guerra contra las Regencias turcas de Trípoli, Túnez y Argel. En la misma el corso por ambas partes, las expediciones contra Argel protagonizada por Barceló y O'Reilly, y sobre todo la presencia española en Orán-Mazalquivir, única posición que restaba a España al este de Melilla, hacía difícil la deseable normalización de relaciones.
             Al oeste de Orán, en el actual litoral mediterráneo marroquí, se dio un derrumbamiento paralelo del dispositivo militar español establecido a partir de la ocupación de Melilla en 1497. Salvo esta plaza y los insignificantes enclaves insulares de Vélez y Alhucemas, fueron cayendo una tras otra las posiciones hispanas de la costa rifeña tales como Alcazarseguer, Perejil, Cazaza, Puerto Nuevo de la Laguna, Torre de Belis..., etc., cuyas fortificaciones se hallan bien documentadas.
             En el frente atlántico sucedió otro tanto cOn los establecimientos hispanos fundados frente a Canarias en la costa de Sus, Nun y Draa, de los cuales el más antiguo, Santa Cruz de Mar Pequeña, surge en 1.478, siendo definitivamente arruinado en la década de 1.520. La liquidación de la presencia lusitana es posterior e inseparable del proceso reunificador marroquí iniciado por la dinastía saadiana bien entrado el siglo XVI y completado por la alauí en la centuria siguiente. Sus principales episodios serán la pérdida de Arcila, Alcazarquivir, Safí, Azamor y Yadida o Casthelo Real, Santa Cruz de Agadir y Mazagán. Esta última, ocupada en 1.502, fue el último enclave portugués en Marruecos, hasta su desalojo doscientos sesenta y siete años después, en 1.769, siendo trasladada su población en bloque al Brasil, y fundándose con ella Vila Nova de Mazagao, o Nueva Mazagán, en la región de Pará.
             Mucho antes, en 1.681 y 1.689 los españoles fueron desalojados de La Mamora y Larache por el sultán Mulay Ismail, el reunificador de Marruecos, que ocupó Tánger, cedida en 1.661 por los portugueses a sus aliados ingleses, quienes considerándola indefendible, optaron por abandonarla en 1684. La única plaza lusitana llamada a permanecer fuera de la órbita xerifiana fue Ceuta, primer establecimiento portugués en áfrica desde el tercio inicial del siglo XV, bajo control español entre 1.580 y 1.640 (fase de la unidad ibérica), y que al producirse en este último año la separación de Portugal fue la única ciudad portuguesa que optó por permanecer dentro de España.
             A partir de diferentes estudios del ya mencionado Míkel de Epalza se ha abierto paso la necesaria revisión crítica de los clichés históricos acuñados secularmente sobre un Islam mediterráneo amenazante y hostil. Tal empeño revisionista se inicia en 1.971 con ocasión del IV centenario de la batalla de Lepanto, en momentos en que España entera conmemoraba como gran acontecimiento nacional, y de la civilización cristiana y occidental, una efemérides que en realidad no pasó de triunfo brillante pero momentáneo y de limitada trascendencia. Bien es cierto que ambos frentes antagónicos mediterráneos surgidos en la primera mitad del siglo XVI, resultaría luego de muy difícil desbloqueo, antes y después de Lepanto, por causa de obstáculos político-religiosos casi insalvables, y no obstante las evidentes ventanas que necesariamente deberían seguirse en el caso de avenirse a compartir pacíficamente un espacio común como es el Mediterráneo.
             El desbloqueo no fue posible ni siquiera con el agotamiento bélico de las partes implicadas, y pese a iniciativas aisladas llamadas a restablecer antiguos lazos, sobre todo de tipo económico y mercantil. Esfuerzos practicados en esa dirección, en particular en le Mediterráneo central por Túnez de un lado y varios estados italianos de otro, en modo alguno podían dar resultados definitivos, en tanto España, dejando a un lado prejuicios religioso-culturales de hondo arraigo popular, no se decidiese a tratar con Turquía y países del norte de áfrica como estados vecinos con los que era necesario llegar a un entendimiento. Esto no sucedería hasta las décadas fmales del XVIII, en que por iniciativa de Floridablanca nuestro país firma una serie de tratados de paz, amistad y comercio con Marruecos, Turquía y con las Regencias magrebíes dependientes de la Puerta, cuyos efectos más reseñables fueron la evacuación en 1.791 de Orán-Mazalquivir, último enclave español en el Magreb central, y la normalización de relaciones con las potencias musulmanas del Mediterráneo.
             Hoy, doscientos años después, el recuerdo de la presencia española en los diferentes estados del norte de áfrica durante tres siglos se vincula sobre todo a los numerosos testimonios monumentales (fortificaciones sobre todo) dejados por España en esos países. Marruecos, Argelia y Túnez han realizado algunos esfuerzos para la restauración de esas fortalezas con o sin la colaboración de Madrid (La Goleta por ejemplo ha sido restaurada por arquitectos italianos con fondos procedentes de la comunidad internacional). Esas fortalezas en ocasiones continúan siendo utilizadas con fines militares, lo que ha posibilitado su mejor conservación, como es el caso del castillo de Santa Cruz en Orán.
             Ahora bien, monumentos como La Goleta o S anta Cruz son excepciones, dado que la mayoría yacen en lamentable estado de abandono, algunos próximos a desaparecer por completo, fenómeno achacable al paso del tiempo, a los turcos, a los magrebíes, pero también a los españoles y portugueses. Estos últimos volaron en todo o en parte la mayoría de sus posiciones en la costa atlántico-marroquí conforme las fueron evacuando, cosa que también hicieron los ingleses en Tánger, y los españoles en diferentes puntos entre La Mámora en el Atlántico y Mahdia, en el golfo tunecino de Gabes. El proceso de deterioro e incluso destrucción ha proseguido con diferente ritmo desde la retirada europea para acá, un proceso acelerado tras la descolonización de los años 50 Y 60 de este siglo, en razón de la presión demográfica o por consideraciones inseparables de la especulación urbanística o causas de diverso tipo, incluso políticas. En este último caso el ejemplo más significativo bien pudiera ser la voladura de la ciudadela española de Trípoli, luego durante tres siglos y medio residencia de los gobernadores turcos, y desde 1911 a 1943 de los ocupantes italianos y más tarde de los británicos, acuerdo tomado por el régimen libio actual no obstante tratarse del edificio histórico más representativo del país y situado en el centro de su capital, alegando tratarse del símbolo más rechazable del pasado colonial de Libia.
             El estudio de las fortificaciones españoles del norte de áfrica en considerable media está por hacer. Un estudio que por lo demás es imprescindible para proceder a su rescate y conservación, así como de los restantes testimonios arquitectónicos hispanos en el Magreb. Esos monumentos, distribuidos a lo largo del litoral noroeste africano entre Tarfaya, en el su de Marruecos, y Derna, Bomba y Tobruk, en los confines de Libia con Egipto, es cierto que son mudo exponente de un pasado agresivo, sin duda condenable, pero también testimonios materiales del común patrimonio histórico-artístico magrebí y español, y que por tanto deben gozar, y de hecho gozan, de igual consideración que las ruinas púnicas y romanas en el norte de áfrica, o que los monumentos árabes en España.
             Merecen ser estudiados, rescatados y conservados. Y así se ha hecho en efecto en el caso de algunos de los más destacables. No en vano son parte importante de la historia de esos países e incluso del paisaje urbano de ciudades como Mogador, Yedida, Larache, Arcila, Orán Tabarka, Bizerta, La Goleta, Hammamet y Yerba, por citar algunos de los ejemplos más significativos, todos ellos estrechamente vinculados a nuestro pasado histórico, y, por tanto lugares de inequívocas resonancias hispanas.


     EL SISTEMA DEFENSIVO DE ORÁN-MAZALQUlVIR: PLANTEAMIENTO .-

             El complejo histórico-arquitectónico español de Orán-Mazalquivir, testimonio de trescientos años de presencia de España en la actual Argelia occidental, y que todavía hoy imprime sus rasgos más característicos al paisaje urbano oranés, es sin lugar a dudas el más perdurable del norte de áfrica, junto a los de Melilla y Ceuta, a los que sobrepasa en magnitud e iguala en interés e importancia.
             Constituye una referencia excelente para el conocimiento de la evolución de la arquitectura e ingeniería militar en la España moderna, y se conserva incólume en varios de sus elementos más representativos (castillos de Mazalquivir, Santa Cruz, Rosalcázar), acaso porque han sido mantenidos en servicio hasta el momento presente. Sin embargo otros de sus componentes que han llegado hasta nosotros (primitiva ciudad española con sus casas blasonadas, laberínticas calles y recoletas plazas, entre las cuales la Plaza Mayor, cuarteles setecentistas del puerto, castillo de San Felipe) amenazan inminente reina, devorados por una ciudad en plena expansión demográfica y en proceso de industrialización, de forma que si no se pone pronto remedio, restaurándolos ahora que todavía es tiempo, desaparecerán inexorablemente en breve plazo.
             Su restauración debe ser tarea conjunta de España y Argelia, y algunos pasos vienen dándose en tal dirección, habiendo resultado ser útiles instrumentos de apoyo en tan loable empeño el repertorio de 497 mapas y planos que con el título Plans et cartes hispaniques de l'Argerie, XVle.-XVIlIe. siécles, publiqué conjuntamente con el Dr. Míkel de Epalza en 1988 en el Instituto de Cooperación con el Mundo árabe (Ministerio de Asuntos Exteriores), punto de arranque de una serie cartográfica, integrada hasta el momento por cuatro volúmenes sobre Argelia, Túnez, Marruecos y Libia.
             Con esta ponencia pretendemos atraer una vez más la atención sobre el tema, propiciando el rescate de la que es sin duda parte emergente del afortunadamente todavía rico conjunto monumental hispánico en el norte de áfrica. Unos monumentos que si bien a menudo son mudo testimonio de un pasado agresivo, hoy lo son del patrimonio histórico-artístico magrebí, y que por tanto gozan en Argelia de igual consideración que las ruinas púnicas y romanas, o que los monumentos árabes en España. Merecen ser estudiados, restaurados y conservados.


     MAZALQUIVIR, BALUARTE INEXPUGNABLE
Y BASE NAVAL.-

             En las inmediaciones de Orán existe un magnífico puerto natural, Mazalquivir, resguardado por un promontorio de 900 metros de longitud, 200 de ancho y 320 de altitud, estribación de un monte próximo. Sobre el mismo construyeron los españoles una ciudadela inexpugnable, adaptada perfectamente a los accidentes del terreno, de forma que sus gruesos muros caían sobre el mar.
             Los antecedentes prehispánicos del castillo de Mazalquivir son hoy bien conocidos. Cisneros -apunta González de Torres en su crónica (8), "... se formó idea de una y otra fortaleza, Orán y Mazalquivir, descubriendo en ellas con puntualidad geográfica todas sus dimensiones, entradas, salidas, puertas, torres, castillos, campos, eminencias, costas, ensenadas, bahías, sin perdonar la mas mínima circunstancia que pudiese conducir al comprehensivo conocimiento de la situación de una y otra plaza".
             Tal como quedó en la segunda mitad del XVI, el castillo era un rectángulo irregular de 201.850 pies cuadrados, aparte de los bastiones y el baluarte triangular adosado a uno de sus extremos. Los bastiones llevaban los nombres de Santiago, San Felipe, San Juan y la Cruz. El castillo dominaba el puerto y el mar exterior. En tiempos del emperador fueron remozadas las baterías. Hacia 1.564 aparece artillado con culebrinas, pelícanos y pedreros. Veintidós piezas en total, procedentes de la fundición "Vieja" y de la de don Juan Manrique (9), sin duda Juan Manrique de Lara, conocido fundidor de cañones y antiguo jefe artillero al servicio de Carlos V.
             Mazalquivir se mostraba en conjunto como alarde formidable de ingeniería militar, esculpida en parte en la roca viva. Sus mejores fortificaciones datan del reinado de Felipe II, siendo rigurosamente contemporáneas de las grandes obras de fortificación emprendidas durante este reinado en Flandes, Portugal, España, Italia e Indias, y que culminaron con las realizadas en Cartagena, apenas a 40 leguas de Mazalquivir, cuyo sistema defensivo recuerda bastante al oranés.
             La formidable ciudadela norteafricana nunca pudo ser abatida. Ni siquiera con ocasión del cerco pertinaz y durísimo a que durante meses la sometió en 1563 por mar y tierra Hassan Dey, en el curso del cual los defensores rechazaron once mortíferos asaltos, habiendo de retirarse finalmente los atacantes después de sufrir importantes pérdidas (10). Un testimonio ocular (11) atribuirá la victoria, tanto a la elevada moral de combate de los defensores como a las formidables defensas de la plaza: "la artillería y los bastiones han hecho mucho daño (…..), de lo qual están muy espantados los turcos y moros".
             Ese éxito movió al rey de España a mejorar todavía más una fortaleza a todas luces inexpugnable. Uno de los mejores ingenieros militares del momento, Juan Bautista Antonelli, fue destacado en la plaza con tal misión. Sabemos que llegó acompañado de su hermano Bautista, luego también famoso ingeniero, que por entonces iniciaba su carrera.
             Felipe 11 en carta a don García de Toledo, virrey de Sicilia, fechada en Madrid en 5 de julio de 1.564, el previene que en su viaje de regreso a España desde tierras africanas no llevara consigo a Antonelli, ocupado a la sazón en la fortificación de Mazalquivir, "... pues es de más interés su presencia allí" (12).
             De su mano son, sin duda, los magníficos planos incluidos en mi ya mencionado repertorio cartográfico con el Dr. Epalza, procedentes en este caso del madrileño archivo-biblioteca de la Universidad Complutense. Los demás ingenieros de la familia Antonelli pasaron después por Mazalquivir y arán.
             La cabecera de la fortaleza fue ampliada por Bautista y Cristóbal Antonelli, de acuerdo con los planos de Juan Bautista, con una explanada de 137 pies de longitud, rematada con baluarte triangular de magnas dimensiones, provisto de grueso muro de 39'5 pies de espesor, en cuya base se abre un foso que cubre un contorno de 560. A los pies del castillo otro baluarte, el Calvario, de 600 x 300 se cerraba en afilado espolón. En este sector de la fortaleza, el más resguardado, fueron levantados la "casa del rey" o residencia del gobernador, cuarteles, patios de armas, numerosos aljibes, caballeros para baterías y otras instalaciones auxiliares.
             Mazalquivir no sufrió variaciones sustantivas después de 1600. Un siglo más tarde, en 1.737, la plaza es descrita (13) con trazos no exentos de resonancias poéticas: "Desde Orán, caminado por la puerta de Mallorca azia el Poniente, a distancia de una legua entre el Castillo de San Gregorio y la Hermita de Nuestra Señora del Carmen, se encuentra la bahía o gran puerto de Mazalquivir (llamados de otros Almarza), capacíssimo de muchas naves, y a quien abriga su incontrastable castillo, levantado sobre vivas peñas, tan inmobles al perpetuo golpeo de las aguas, que en la nunca abandonada porfía de sus embates, hace más glorioso el invicto sufrimiento de las rocas".
             De la capacidad de la ciudadela da idea el hecho de que, antes de ser emprendidas las importantes obras de ampliación encomendadas a los Antonelli, podía albergar 3.000 hombres, guarnición que le fue asignada en virtud de capitulación suscrita en 24 de agosto de 1.509 por Fernando el Católico con el alcaide de los Donceles. La guarnición incluía 130 jefes y oficiales, 50 marinos, 30 clérigos, físicos y cirujanos, 250 espingarderos, 450 ballesteros, y 1.340 lanceros y piqueros con otra tropa diversa.
             Se agrupaban en compañías de 200 hombres con sus oficiales, alféreces, pífanos y tambores. El armamento -lanzas, picas, ballestas, espingardas, coseletes y armaduras- procedía del depósito de Málaga. Fueron asignadas 22.937.300 maravedises para el pago de la gente y demás gastos de casa y plato. De esa suma 250.000 mrs. correspondían al alcaide, don Diego Fernández de Córdova, en concepto de retribución por el cargo y en atención a sus servicios a la Corona "... yendo a las partes de áfrica (...), donde tomó y ganó la villa y fortaleza de Mazalquivir, que es uno de los más provechosos y seguros puertos para poder hacer guerras a los infieles de aquellas partes, con gran trabajo de su persona y pérdida de parientes, criados y hacienda" (14).
             Durante la segunda ocupación española a partir de 1.732 se hicieron algunas obras de acondicionamiento y redistribución pero sin alterar en lo fundamental la escuela general de la fortaleza. Sabemos que en 1735 Francisco,de Arauna y Mellea, conocido experto en fortificaciones, dirigió obras en Mazalquivir. En 1.742 trabajaba allí el ingeniero Antonio de Gaver, de cuya mano se conserva un proyecto de reforma (15) ideado para reforzar sus defensas por el lado que mira a tierra.
             En años posteriores se detecta el paso por la plaza de don José Muñoz, responsable de las fortificaciones realizadas en Ceuta entre 1.745 Y 1.748 (16), Y que en 1750 trabajó en los baluartes de Orán y su castillo de San Andrés (17). Dos años más tarde le hallamos en Mazalquivir, ocupado en colocar un potente faro (18) en el murallón que da al mar abierto, y en realizar obras de restauración, acondicionamiento y transformación (19). Dos años después -1.775- encontramos en funciones similares al también ingeniero Manuel Sánchez (20), lo que evidencia que la plaza fue mantenida en todo momento en perfecto estado de defensa.


     SISTEMA DEFENSIVO DE ORÁN
EN LOS SIGLOS XVI Y XVII.-

             Tan pronto los españoles pusieron el pie en Orán en 1.509 se apresuraron a dotarla de nuevas fortificaciones, necesarias en mitad de un país hostil. Las antiguas resultaban a todas luces insuficientes. No pasaban de ser una débil tapia de mampostería salteada con varios torreones. Orán como Tremecén eran ciudades prácticamente abiertas. En toda la Argelia occidental sólo Mostaganem poseía una fuerte muralla pétrea que ni siquiera el conde de Alcaudete pudo expugnar durante sus avasalladoras campañas de 1.542 y 1.543 por faltarle la artillería adecuada (21).
             Conscientes de la necesidad de mejorar las fortificaciones de Orán, los sucesivos gobernadores idearon un circuito defensivo, configurado en tres etapas con objetivos diferentes. Fortificación de la ciudad y el puerto inmediato; aseguramiento por mar, y reforzamiento del dispositivo de seguridad exterior mediante un sistema de minas, parapetos y fuertes exteriores.
             Se trataba ante todo de impedir al enemigo el acceso directo a la plaza en sus frecuentes incursiones. Caso de ser roto el glacis exterior por los atacantes, quedarían entre dos fuegos. Al propio tiempo se pretendía poner a cubierto de las depredaciones cabileñas los regadíos de Orán, que habían terminado por proporcionar a la ciudad una cierta autonomía en cuanto a su avituallamiento de productos hortícolas, ya que no de cereales y demás subsistencias básicas, traídas del exterior. Pero, ante todo, interesaba disminuir el riesgo de un corte en el suministro del agua procedente de los manantiales próximos.
             La ciudad aparecía circunvalada de una gruesa muralla de trazado irregular, a base de cortinas y bastiones poco pronunciados, adaptados a una planta general ovalada. La muralla fue levantada durante el mandato de los dos primeros gobernadores, el marqués de Comares y su hijo don Luís de Córdova, aprovechando elementos de la anterior fortificación. Cuando en 1.534, por renuncia de éste, se hizo cargo de la gobernación el belicoso conde de Alcaudete, se realizaron reformas de importancia y baluartes exteriores, que pasaron a contar con doble recinto en previsión de que la cortina exterior pudiera ser abatida por la artillería enemiga. Entre ambos lienzos existía una corredera, por cuyo centro discurría un hondo foso, trampa mortal para los posibles atacantes en el caso de haber logrado sobrepasar las líneas exteriores (22). Los Antonelli mejoraron ese dispositivo a partir de 1.564.
             En el flanco sur, el más vulnerable, frente a la ladera de la meseta, se situaba la alcazaba o ciudadela. Tras puertas franqueaban el acceso a la urbe. Las de Canastel y Tremecén, situadas al E., abrían la ciudad ala campiña, en tanto la de Mallorca indicaba el camino que conducía al mar y a Mazalquivir. La famosa puerta de Canastel, tan celebrada por Góngora y otros literatos españoles del siglo de Oro, era la principal de la ciudad. Apuntaba hacia Canastel, Mostaganem y Argel. La de Tremecén, en el sector de la alcazaba, presidía las revistas de tropas y era utilizada en las expediciones dirigidas al interior. Por ejemplo, la de Floresdávila en 1632 contra los cabileños benarrajes "…..como es costumbre salió por la puerta de Tremecén (23)". La de Mallorca parece posterior.
             Entre 1509 y 1525 Orán contó con una batería de 50 artilleros mandada por un capitán. Aparte las 60 piezas de artillería capturadas por los españoles en la plaza, quedaron en ella los seis falconetes utilizados por Vera para abrir brecha en las líneas argelinas en el momento de la conquista. Luego llegaron piezas de diferentes tipos, casi todas procedentes de la fundición de Manrique. Por entonces Bugía poseía iguales efectivos artilleros, en tanto el Peñón de Argel y Melilla sólo una batería atendida por una sección de 20 hombres en cada caso (24). Después de 1525 permanecen esos efectivos sin cambios sustantivos hasta el final del reinado de Carlos V (25). Con Felipe II experimentan un cierto incremento, pero se presta mayor atención al artillamiento de Mazalquivir que al de Orán y sus castillos. .
             El perímetro defensivo exterior queda configurado ya en el s. XVI a base de cinco castillos. La formidable fortaleza de Santa Cruz, en 10 alto de un risco inaccesible, extenderá su sombra protectora sobre toda la comarca. Desde ella se domina, aún hoy, la ciudad y su campiña, un dilatado sector del litoral, el puerto de Mazalquivir y el brazo de mar comprendido entre la costa argelina y las proximidades de Cartagena.
             En el sentido opuesto a Santa Cruz, en le flanco de la meseta que mira hacia el E., se encuentra el castillo de San Felipe, fundamental para proteger los accesos de Orán desde tierra. El espacio comprendido entre San Felipe y el mar era controlado mediante el pequeño pero estratégico castillo de San Andrés, que dominaba el camino de Tremecén, y con el de Rosalcázar (el Chateau Neuf de la época francesa y así llamado hoy), enorme perímetro fortificado, cuya fortificación definitiva se debe a Bautista Antonelli, que trabajó allí durante algún tiempo.
             Antonelli retocó la estructura primitiva (26), ampliada con el Baluarte Nuevo y amplia explanada fortificada (27) que, de un lado, cerraba el acceso a la huerta, pegándose los muros del baluarte "…. a la acequia que le circunda", de forma que entre Rosalcázar y la muralla de la ciudad quedaba sólo un estrecho paso. Por allí discurría una acequia que, alimentada por un arroyo nacido de la fuente de Arriba, al pie de San Felipe, describía una curva frente a las puertas de Canastel y Tremecén para fecundar los regadíos de la localidad. El muro de la explanada contigua al Baluarte Nuevo llegaba hasta el mar. El paso por este lado quedaba completamente bloqueado.
             Una última fortificación de primer orden era el castillo de San Gregorio. Protegía la ciudad por poniente y dominaba las comunicaciones con Mazalquivir. El glacis se completaba con diferentes atalayas o torres de vigilancia, avanzadillas de cara al exterior, nexos entre los castillos y entre éstos y las ciudad. En primer lugar cabe mencionar la torre de Madrigal, entre San Andrés y Rosalcázar, y la de los Santos -o del Santo-, en unos altos junto a Mazalquivir, que enlazaba con Santa Cruz a través de otra torre conocida como la Atalaya. Eran las de emplazamiento más estratégico.
             La de Madrigal es bien conocida en sus detalles (28). No así la de los Santos, en la que a mediados del siglo XVI se hallaba situado en pequeño destacamento de 22 hombres. Los suficientes para que con su resistencia -y sacrificio- dieran lugar a que Mazalquivir no fuera tomado por sorpresa durante la ofensiva argelina de 1563 (29). Las fuentes de mediados del XVI aportan alguna información (30) sobre el castillo de la Roqueta, sin duda próximo a Santa Cruz, si es que no es un precedente suyo. Pudiera tratarse también del fortín conocido luego como la Atalaya, cuyos planos no se conservan. Por último, la Torregorda (31), entre San Felipe y Madrigal, es un anticipo del castillo de San Andrés.
             En la construcción de las mejores fortificaciones de Orán, así como en el caso de la Península ibérica, corresponde un papel nuclear al príncipe Vespasiano Gonzaga, comisionado por Felipe II para coordinar la empresa, y a los hernanos Antonelli, responsables de su ejecución.
             Por los años de 1570 Gonzaga cursó inspección a los enclaves españoles de Argelia para examinar el estado de sus fortificaciones. En su informe recomendó la evacuación de Orán, cuyo mantenimiento estimaba costoso en demasía, y la permanencia en Mazalquivir, cuyo castillo debería ser ampliado (32). Madrid optó por la conservación de ambas plazas, una vez examinados otros informes coetáneos. Por ejemplo, el de Sancho de Leyva -1576- que, aún insistiendo en la prioridad de Mazalquivir, recomendaba la retención de las dos posiciones (33). Habiéndosele encomendado más tarde a Gonzaga el gobierno de Orán, desarrolló un vasto plan de construcciones militares, a base de trazar el perímetro defensivo exterior tal como ha sido descrito más arriba. Su obra fue completada por el gobernador don Pedro Padilla. Es seguro (34) que, bajo su mandato de éste, en 1589, fueron concluidas las obras del castillo de San Gregorio.
             Al término del reinado del segundo de los Felipes Orán-Mazalquivir se había convertido en una de las piezas clave del sistema militar español en el Mediterráneo occidental. Por doquier se menciona con admiración sus formidables defensas. El veneciano Giovanni Botero, por ejemplo, celebrará el lugar como "fortezza d'importanza" (35)
             Las obras realizadas en el XVI por lo general no fueron más allá de lo necesario para la conservación y mantenimiento de los edificios y construcciones legados por la centuria precedente. Así en el caso de los ejecutados por mandato del marqués de los Vélez, gobernador de la plaza, de las cuales se conservan diferentes inscripciones alusivas.
             Entre los ingenieros que trabajaron en Orán en esa época cabe destacar a Pedro Maure!. A su cargo estuvieron las reparaciones y reformas realizadas en Santa Cruz, Rosalcázar y San Felipe en 1675 (36). Posiblemente sea también de su mano un proyecto de ampliación del castillo de San Andrés, de igual fecha (37). Tres años más tarde localizamos a Maurel trabajando en la reconstrucción del fuerte de Trinca-Botijas en Cartagena.


     TRANSFORMACIÓN DE LAS DEFENSAS ORANESAS
EN EL S. XVIII.
EL CUÁDRUPLE CIRCUITO.-

             La función defensiva prevaleció en las construcciones castrenses europeas hasta finales del s. XVII por imposición de los grandes maestros de la ingeniería italo-española. En la centuria siguiente se abren paso nuevas ideas en el terreno de la ingeniería militar bajo el impacto de las enseñanzas de diferentes teóricos del arte de la guerra, franceses y alemanes principalmente. Pero también españoles. Como don Félix de Prósperi, cuyo sistema de fortificación, basado en el principio de apoyo mutuo entre las diferentes partes de una estructura, fue dado a conocer en México con notable éxito en 1.745.
             Guibert, por ejemplo, estimará que las fortificaciones heredadas del pasado resultaban inútiles. Alegaba la creciente capacidad destructiva de la artillería y los efectos de la campaña relámpago, puesta de moda por Federico el Grande, que con considerable economía de tiempo y recursos permitía tomar centros neurálgicos urbanos de primer orden con sólo romper en un punto sus líneas fortificadas.
             Ahora bien, es cierto que la artillería gana en ligereza y precisión, y su uso se intensifica, pero los cambios revolucionarios en este arma -sustitución del bronce por el acero, amortiguación del retroceso, operación de carga por detrás- no llegarán hasta la centuria siguiente. De otro lado se emplea tanto con fines defensivos como ofensivos y es utilizada cada vez más en el orden de batalla y no en abatir fortalezas, funciones ambas de las que se acertaría a extraer todas sus posibilidades hasta la aparición de Bonaparte.
             De otro lado el propio Guibert aceptaba las fortificaciones como imprescindibles, siquiera para asegurar arsenales y cabezas de puente. ¿Y qué otra cosa era el. enclave de Orán? En cualquier caso las condiciones topográficas de la plaza y el permanente estado de guerra en que vivía hacía necesaria su fortificación, que debería hacerse de acuerdo con la normativa señalada para el caso por el táctico Bourcet. Según éste, tanto como asegurar la defensa de la plaza interesaba coger al enemigo infiltrado entre dos fuegos mediante una compleja red de apostaderos, túneles, minas y fortines extramuros. No parece que los argelinos introdujeran cambios importantes en la ciudad, puerto y castillos de Orán y Mazalquivir durante el paréntesis de un cuarto de siglo en que fueron dueños de la comarca entre 1.708 y 1.732. "Orán -se dice en cierta relación española de ese último año (38)-" ... consiste en un recinto circunvalado de Murallas con su Alcazava fortificada, que es una especie de Ciudadela, y como Fuertes o Castillos colocados en las alturas inmediatas, y entre ellos el de Santa Cruz inexpugnable, y cubre su puerto o celebrada bahía de Mazalquivir el Castillo que le da el nombre, cuya situación abierta en roca no sujeta a ser batida ni minada, hace más estimable la restauración de estas Fortalezas...".
             Otra relación coetánea (39) se muestra más precisa. "Esta Ciudad, que en otro tiempo hizo por sí sola su defensa, de dos siglos a esta parte ha ido quedando bloqueada con cinco castillos, que formando media luna, la destacan del país, y la confían toda al mar. Pues empezando Rosalcázar sobre la playa de Levante, continúan cubriendo San Andrés y San Phelipe las avenidas de la campiña, y este último el nacimiento del agua. Prosiguen después San Gregorio y Santa Cruz, puestos en la alta inaccesible montaña, que sirve de espaldar a la silla en que Orán tiene su asiento, bañando las rocas, que son pedestal o basa de esta eminente altura, el mar de Poniente, hazia donde doblegando la punta que haze este monte, a una legua se descubre el Puerto magno, o Mazalquivir". En efecto, en un croquis del enclave (40), realizado durante la fase de dominación argelina, se sitúan sólo Orán, Mazalquivir y los cinco castillos.
             A partir de 1732 los españoles abordaron un ambicioso plan de reconstrucciones y ampliaciones de murallas, minas y baluartes, cuya primera etapa se cubrió bajo la dirección del mariscal Alejandro de La Motte, uno de los primeros gobernadores después de la reconquista del enclave. Una inscripción conmemorativa (41), fechada en 1743, celebra a ese personaje como restaurador en su prístina grandeza de las fortificaciones de la plaza. Pero será don José Vallejo, y luego los gobernadores de la segunda mitad del siglo, quienes doten a Orán y sus defensas de máxima solidez y monumentalidad. El sistema defensivo oranés queda configurado en un cuádruple circuito que, de dentro afuera, puede resumirse en la Tabla 1.
             Los circuitos tercero y cuarto surgen en el siglo XVIII. Los antiguos castillos, por su parte, fueron remozados y ampliados. La muralla de la ciudad no parece, por el contrario, que experimentase cambios notables. Ante la alternativa de ampliarla o construir un arrabal extramuros, se optó por la segunda solución.



Tabla 1

SISTEMA DEFENSIVO DE ORÁN EN EL SIGLO XVIII


Primer circuito:

Muralla de la ciudad con sus bastiones, correinas y alcazabas

Segundo circuito:

Castillos de San Felipe, San Andrés, Rosalcázar, Santa Cruz San Gregorio y Mazalquivir

Tercer circuito:

Fuertes de San Miguel, Santa Ana, San Luís, Santa Teresa, San Carlos, San Fernando, Nacimiento, San Pedro y Santiago.

Cuarto circuito:

Cordón periférico de torres de defensa y apostaderos fusileros.

Conexión de circuitos:

Red de túneles y minas asegurados por los fuertes de San José, San Nicolás y San Antonio, fortines de Torregorda y Santa Bárbara, murallón de la Barrera y batería de la Mona.

             Nueve fuertes circunvalan el enclave proyectando los castillos hacia el campo abierto (42). San Miguel es una avanzadilla de Rosalcázar que se adentra en la campiña oranesa a modo de punta de flecha. Igual función tienen Santa Ana y Santa Teresa, pero junto a la costa. Lo mismo cabe decir de San Luís y San Carlos respecto a San Andrés y San Felipe. Los fuertes de San Fernando y Nacimiento protegen los flancos de la ciudad y la huerta frente a la meseta. Por último San Pedro y Santiago cubren la campiña existente entre Orán y Santa Cruz (43).
             Los puntos importantes aparecen unidos mediante una barrera. Estos a su vez a la plaza desde San Andrés mediante los fuertes interiores de San José, San Nicolás y San Antonio, que configuran una línea de defensa interior entre San Andrés y la ciudad. Puntos de apoyo próximo eran los fortines de Torregorda y Santa Bárbara, en realidad parte de la línea defensiva -"la Barrera" - trazada entre Rosalcázar y San Andrés. Como puede verse este último castillo, que en cuanto a la antigüedad y dimensiones era el benjamín en las defensas de la plaza bajo los Habsburgo, en el XVllI se convierte en eje del complejo sistema defensivo oranés.
             Una red de túneles, minas y sótanos horadaba varios kilómetros cuadrados de subsuelo. Comunicaba los puntos cruciales de las defensas de la plaza, proyectándose hasta las torres de defensa más avanzadas y hasta los apostaderos de fusileros situados en la periferia. El sistema de comunicaciones subterráneas recibió un impulso decisivo en 1775 en que don Pedro Martín Zermeño, siendo comandante general de la plaza, mandó abrir gigantescos túneles de comunicación entre Orán, San Gregorio, Santa Cruz y Santiago "... para su defensa y socorro" (44).
             La explosión fortuita del polvorín de San Andrés en 4 de mayo de 1769, y el pavoroso incendio que se declaró a continuación, destruyó ese castillo de forma casi instantánea (45). Ni que decir tiene que la importancia de la fortaleza como nudo neurálgico de las defensas oranesas por el lado de la tierra determinó su inmediata reconstrucción tan pronto como llegó a Madrid los daños sufridos y el presupuesto de reedificación (46) remitidos por el gobernador conde de Boliños. Empresa de no inferior envergadura fue la red de fuertes y corredizos subterráneos, labor de varias generaciones. Singular espectacularidad revistió el corte practicado entre la meseta y el empinado monte sobre el que se alza el castillo de Santa Cruz. Realizado en una garganta situada en aquel paraje, se pretendía de un lado aislar por completo el castillo, pero sobre todo provocar una fisura tal que imposibilitase el acceso de la caballería y artillería argelinas por aquel lado.
             La idea de la cortadura parece anterior al s. XVIII pero no fue realizada hasta el mandato del gobernador Eugenio Alvarado (47). Por un notable plano conservado en Simancas (48) sabemos que en 1771 era una oquedad de peñll rectangular, 25 varas castellanas de ancho por 7 de profundidad. En años posteriores se fue ahondando el foso mediante voladuras y el trabajo de presidiarios y soldados. Hacia 1.790 ofrecía su aspecto actual.
             (Casi todos los militares españoles, o al servicio de España, que trabajaron en la Península y América en el s. XVIII pasaron por Orán (49). Lejos de nuestro ánimo pretender ofrecer aquí una reseña exhaustiva de sus trabajos,. pero al menos presentraremos una relación nominal completa. (Véase Tabla 2).
             La serie es abierta por el marqués de Verboom, conocido ingeniero flamenco al servicio de España, enviado a Orán tan pronto la plaza fue ocupada en 1.732. Aquí se afanó en trabajos de acondicionamiento de la ciudad, el puerto y sus castillos (50). La labor realizada coronó con máxima dignidad treinta años de actividad profesional, desde que en 1700 se ocupase en la fortificación de Gibraltar. Verboom realizó después importantes trabajos en los puertos de Málaga y Cádiz, en esta última ciudad, en la bahía de J agua e isla de Cuba, en Pamplona y, sobre todo, en el puerto, ciudadela y fortificaciones de Barcelona (51).



Tabla 2

INGENIEROS MILITARES QUE TRABAJARON EN
ORÁN-MAZALQUIVlR, S. XVIII


Nombre

Cronología

Actividad

Arauna y Zafra, Juan

1735

Fortaleza de Mazalquivir.

Fortaleza de Mazalquivir

1783, 1784, 1780

Plaza, alcazaba, almacén y academia de matemáticas, de Orán.

Ballester y Zafra, Juan

1734, 1736, 1737

Castillos, fuertes y hospital de Orán.

Bordick, Diego de

1736

Plaza de Orán.

Dufresne, José

1769

Castillo de San Andrés, Orán.

Gaver, Antonio de

1741,1743, 1745

Ciudad, cuartel de Caballería, castillo de San Andrés, fuertes.

González Dáviles

1771

Plaza de Orán.

Guasca Melgar, Juan de

1789

Monasterio de Santo Domingo el Real, Orán.

Hontabat, Arnaldo de

1770

Plaza de Orán.

Hurtado, Antonio

1790

Plaza de Orán.

Mac-Evan, Juan Bautista

1738,1739

Muelle y ciudad de Orán.

Masdeu

1775

Fuerte de San Carlos.

Montaigu de la Pereille, Antonio

1732, 1733

Castillo de Santa Cruz, S, Felipe y S. Gregorio.

Hebas Pascual

1733

Plaza de Orán.

Rado, Joaquín

1740

Plaza de Orán.

Sánchez , Manuel

1775

Fortaleza de Mazalquivir.

Santiesteban, Manuel

1745

Cuartel de Caballería de Orán.

Tenrreiro, Thomas

1772

Fuertes de S. Carlos Y S. Miguel, Orán.

Verboom. Jorge Próspero, marqués de

1732

Plaza de Orán.

Zermeño, Juan Martín

1771

Plaza de Orán.

            Contemporáneo de Verboom es don Juan Ballester y Zafra que permaneció en Orán varios años. Entre 1.734 y 1.737 realizó una intensa labor, muy bien datada (52), consistente en la ampliación y mejora de los castillos de Santa Cruz, S. Felipe, S. Andrés y S. Gregorio, trazado y construcción de los fuertes de Santa Bárbara, S. Carlos, Santiago y S. Pedro, y edificación del hospital de Orán. En años posteriores el infatigable Ballester se ocupó en el acondicionamiento y restauración de los puertos y defensas de Mallorca e Ibiza, aparte de dejar importantes obras de ingeniería militar en Madrid y Pamplona.
             Trabajaron en el enclave oranés por la misma época Diego de Bordick, a quien en 1.736 le fueron confiados diferentes encargos en la plaza (53), después de haber alcanzado merecida reputación por sus trabajos de fortificación en el campo de Gibraltar y, sobre todo, por "su intervención en las obras de la sevillana Fábrica de Tabacos, edificio magnífico y suntuoso. Juan Bautista Mac-Evan se ocupó en el bienio 1738-39 en el muelle y plaza de Orán (54), después de haber realizado un destacable encargo en la villa fronteriza de Puebla de Sanabria, próxima a Portugal. Desde Argelia pasó a Cartagena de Indias.
             Don Antonio Montaigu de la Pereille, reputado como excelente ingeniero militar por las obras realizadas por él en Sicilia, campo de Gibraltar y ciudad y puerto de Cartagena, tuvo participación destacada en los trabajos de restauración y ampliación de los castillos oraneses de Santa Cruz, S. Felipe y S. Gregorio (55), realizados entre 1.732 y 1.733. Menor interés reviste el paso por Orán de Joaquín Rado en 1740 (56).
             No así el de su colega Antonio de Gaver, que permaneció en Orán entre 1.741 y 1.745. Corrió por su cuenta la parte más sustantiva de las obras de San Andrés, intervino decisivamente en la reordenación urbana de Orán -construcción de cuarteles y otros edificios públicos... etc.- y fortificó la punta de la Mona entre esa ciudad y Mazalquivir (57). desde Orán pasó a Cádiz, donde realizó trabajos importantes -caballerizas, cuartel de infantería, lazareto …..-, si bien la impronta de su mano se halla por doquier. Por ejemplo, en Santiago de Compostela edificó el cuartel de caballería y es autor de la conocida Casa de la Veeduría en La Coruña (58).
             En la segunda mitad del siglo, un crecido número de ingenieros desfilarán por una localidad en plena fiebre constructora. Así don José Muñoz, ya mencionado en relación con Mazalquivir, que entre 1.750 y 1.752 trabajó en Orán y sus castillos (59), después de haberlo hecho en años precedentes en las fortificaciones de Ceuta. Don Arnaldo de Hontabat permaneció en Orán por los años de 1.770, dejando en la plaza una obra estimable (60). Lo mismo cabe decir de Antonio Troncoso, que por la misma época trabajó en los fuertes de San Carlos y San Miguel (61).
             El ingeniero Manuel Santiesteban intervino en las obras de cuartel de caballería (62). Su colega José Dufresne -1.769- en las de San Andrés (63), y González Dávila -1.771- y Masdeu -1775- en proyectos varios (64). Entre todos merece mención aparte don Juan Martín Zermeño, una de las figuras señeras de la ingeniería española del s. XVIII. Inició su carrera en Barcelona por los años de 1.749 como fundidor de cañones y al año siguiente en la misma ciudad como ingeniero del puerto. La capital catalana fue en adelante su campo de acción preferido -ciudad, jardín botánico, cuarteles, polvorín central … -, pero trabajó también en otros puntos de la Península -Lérida, Rosas, Cádiz, La Coruña- y Ultramar -Manila y Cavite-. En 1.771 aparece en Orán comisionado para dirigir trabajos varios (65) dentro y fuera de la ciudad.
             En los legajos correspondientes a las fuertes cartográficas consignadas, se halla una documentación cuantiosa sobre las obras de fortificación realizadas por los españoles en Orán. De esa ingente masa documental solo se ha publicado hasta el momento una parte mínima. El minucioso (66) informe redactado por el ingeniero Hontabat a finales de 1.772 es, junto a los ya mencionados de Vallejo (67), Roel (68) y Aramburu -este publicado recientemente por los profesores Epalza y El Korso (69)- lo más sobresaliente de cuanto se ha dado a las prensas hasta el momento.
             El grandioso conjunto de fortificaciones de Orán representó una inversión gigantesca en tiempo, esfuerzo y dinero, cuando menos de dudosa rentabilidad. La limitación de los medios disponibles, la dificultad del transporte y avituallamiento por mar, la escasez de jefes capaces, la hostilidad irreductible de la población, todo imponía una estrategia eminentemente defensiva, confiada cada vez más a las fortificaciones.
             En una época en que la protección del comercio representa la razón de ser de la marina de guerra, Orán carece de todo apoyo naval por hallarse muerta mercantilmente. La presencia española en la plaza en le siglo XVIII se justifica sólo por un fenómeno de atavismo histórico y por la subsistencia del corso marítimo de Argel. Como el tiempo se encargaría de demostrar, el enclave oranés era una importante baza que se reservaban los españoles de cara a la normalización definitiva de relaciones con la Regencia argelina. En tanto no llegase ese momento se imponía retener la plaza.
             Las fuertes inversiones realizadas en le Setecientos, a todas luces excesivas -construcciones monumentales en la ciudad, ampliación del sistema defensivo... etc.- deben atribuirse al empeño personal de los monarcas de la casa de Borbón, quienes consideraron el restablecimiento de la dominación española en la plaza en 1.732 como timbre de gloria de su dinastía. Pero el mantenimiento del enclave resultaba cada vez más gravoso para el Estado. Tanto por el incremento del censo demográfico local y de los efectivos allí destacados, como por ser de día en día más completa la dependencia de la plaza respecto a los suministros de la Península.
             Ya no cabía, como en tiempos pasados, vivir de la depredación de la comarca. Tanto por la irrelevancia de los recursos allegables por ese conducto -en función de las necesidades de la ciudad y su dependencias- como por haber perdido su vigor el espíritu de cruzada que en otra época sirviese para justificar devastaciones y atrocidades. Ahora se evitarán daños innecesarios e inútiles derramamientos de sangre de acuerdo con un concepto más moderno -y humanitario- del arte de la guerra. Aún así fueron respetadas las normas estratégicas ideadas por los déspotas ilustrados, atentos a reglamentrarIo todo de acuerdo con un plan racional.
             Entre los argelinos, en alguna medida ocurre otro tanto. La cruzada contra el cristiano da paso a un pragmatismo mejor o peor expresado, pero siempre tangible. En el s. XVIII se ve en el español, más que al infiel, el extranjero invasor que debe ser arrojado al mar.
             Al contemplar el laberinto de fortificaciones oranesas de finales de esa centuria no deja de sorprender su magnitud para la importancia real del enclave. De otro lado cabe preguntarse si ese entramado de castillos, fuertes y apostaderos, enlazados por una intrincada red de pasillos, corredizos, túneles y minas, era atendido por contingentes suficientes de efectivos armados.
             A la reducción de tales-efectivos obedeció el sistema "perpendicular" de Montalembert, consistente en aprovechar al máximo las posibilidades ofrecidas por el perfeccionamiento de la artillería, pero ahora con [mes defensivos. A tal fin, sin renunciar a los gruesos muros, fosos y terraplenes, se multiplican las baterías, situadas en casamatas o cámaras abovedadas, provistas de tejados y muros de considerable espesor, por cuyas aberturas laterales disparaban los cañones.
             Aunque, como apunta J.R. Western (70), nunca pudieron construirse auténticos bunkers por el peligro de las vibraciones y por hacerse irrespirable el aire en un recito semicerrado al término de varios disparos consecutivos, las fortalezas dejaron paulatinamente de parecer castillos para semejarse a modernos fortines. Tal era el aspecto ofrecido todavía por las fortificaciones españolas de Orán cuarenta años después de la evacuación de la plaza en 1791, al producirse el desembarco de los franceses.
             En un manual francés (71) impreso para el uso del ejército expedicionario de 1830 se dice que Mazalquivir y los cinco castillos de Orán subsistían en bastante buen estado, no obstante los daños ocasionados por los seísmos de finales del XVIII, cuya cuantificación exacta conocemos por el informe (72) remitido a Madrid en 1790 por el ingeniero Antonio Hurtado.
             Los españoles, antes de retirarse, volaron la red de fuertes, túneles, minas y parapetos construidos en los últimos años, sobre todo los situados en el frente de tierra. Subsistieron empero los de Santa Teresa y Santa Ana, situados junto al mar (73). Se trataba de impedir a toda costa que tan formidable complejo castrense pasara intacto a los argelinos. En caso contrario hubiera representado un incentivo irresistible para cualquier otra potencia marítima con intereses en el Mediterráneo, Francia o Gran Bretaña por ejemplo.


     EPÍLOGO.-

             Lo esencial del sistema defensivo español de Orán ha sobrevivido al paso del tiempo. Hoy esos castillos y fuertes conservan resonantes nombres españoles, pronunciados en castellano -Santa Cruz, Rosalcázar, San Felipe... etc.-, algunos continúan en servicio, y existe un proyecto del Gobierno argelino para restaurar, de acuerdo con España, otros varios por estimar que son parte importante del común patrimonio histórico-cultural de ambos países. Un proyecto por el momento irrealizable en tanto nuestro infortunado vecino norteafricano no salga del marasmo social e institucional en que se haya sumido.


     ABREVIATURAS UTILIZADAS.-

             AGS: Archivo General de Simancas.
             Ba: Baetica (Málaga).
             BNm: Biblioteca Nacional de Madrid.
             BSGAO: Bulletín de la Societé de Geographie et Archeologie d'Oran.
             BUCM: Biblioteca de la Universidad Complutense (Madrid).
             Ea: Estudios Africanos (Madrid).
             G.A.: Guerra Antigua.
             G.M.: Guerra Moderna.
             H: Hispania. Revista Española de Historia (Madrid).
             MNM: Museo Naval de Madrid.
             MPD: Mapas, Planos y Dibujos.
             RHM: Revue d'Histoire Maghrebine.


     NOTAS.-             

  1. M. De EPALZA; JB. VILAR, Plans et cartes hispaniques de l' Argerie. XVIe.-XVII. siec1es. I Planos y mapas hispánicos de Argelia. Siglos XVI-XVIII. Prólogo de 1 Pérez Villanueva. Madrid. 1.988.

  2. J.B. VILAR, Mapas, planos y fortificaciones hispánicos de Túnez, s. XVI-XIX I Cartes, plans et fortifications hispani ques de Maroc, XVIe.-XXe. siec1es. Prólogo de M. Epalza. Madrid. 1.991.

  3. J.B. VILAR, Planos, mapas y fortificaciones hispánicos de Marruecos, s. XVI I Cartes, plans et fortifications hispaniques de Maroc, XVIe.-XXe. Siec1es. Prólogo de lA. Calderón Quijano. Madrid. 1.992.

  4. J.B. VILAR, Mapas, planos y fortificaciones hispánicos de Libia (1510-1911). I Hispanic Maps, Plans and Fortifications ofLibia, 1.510-1.911. Prólogo de S. Bono. Madrid. 1997.

  5. S. MORENO PERALTA [en colaboración con A. Bravo Nieto y lM. Sáez Cazola, J.]: Plan especial de rehabilitación de los cuatro recintos fortificados, Melilla. Melilla, s.d.; A. BRAVO NIETO, Cartografía histórica de Melilla. Melilla. 1.997.

  6. A. CALDERÓN QUUANO, Las fortificaciones españolas en América y Filipinas. Prólogo de R.Ma. Serrera. Madrid. 1.996.

  7. J.B. VILAR, "De la Tabarka tunecina a la Tabarca española (1535-1885). Una reflexión entre la historia y la cartografía", Cuadernos de Investigación Histórica, 16 (1.995), pp. 267-87.

  8. E. GONZÁLEZ TORRES, Chronica I Seraphica I dedicada I al ilustrisimo y Reverendissimo Señor I Don Fray Gaspar de Molina y Oviedo, del Consejo de Callara I de Su Magestad, su dignissimo Gobernador en el Real y Supremo I de Castilla... I Escrita I por el RP.F. Ex-Lector I de Sagrada Teología, Ex-Custodio y Padre de la Santa Provincia de Castilla de la I Regular Observancia, y Chronista General de toda la Re-/ligión de N.P. San Francisco. I Madrid. Imp. Herederos de Juan García Infanzón. 1737, vol. VIII, p. 138.